miércoles, 30 de septiembre de 2009

Repartiendo las XO del Plan Ceibal

Hace tiempo que no publico notas de las que hago en el Departamento de Comunicaciones Institucionales del Correo Uruguayo. Con mis compañeros sacamos cada tanto una revista institucional de nombre La Posta. El año pasado, en el nº 22 hicimos una cobertura al reparto que hace Correo Uruguayo de las laptops XO del Plan Ceibal. A fines de mayo de 2008 fui en una camioneta a distribuir las computadoras a algunas escuelas rurales de Colonia. Fue una experiencia genial, que hace tiempo quiero compartir con ustedes. Al momento de publicar esto, ya casi no quedan escuelas en Montevideo que no hayan recibido sus computadoras. Esto quiere decir que se entregaron 350.000 computadoras a todos los escolares de Uruguay y a 16.000 maestras y maestros de todas las escuelas públicas.







Un niño, una computadora.






La Posta estuvo en Colonia, acompañando el reparto de computadoras portátiles a las escuelas rurales de ese departamento del Oeste del país.


Partimos en una camioneta del Correo a las seis de la mañana desde Planta de Paquetes llevando laptops para los niños de seis escuelas del interior del departamento. Viajamos por la Ruta 1 hasta la altura de Juan Lacaze, donde doblamos hacia el norte siguiendo la ruta 54. Al salir el sol, los grandes bancos de niebla que flotaban sobre los campos comenzaron a disiparse.







Pájaros de todos los colores aparecían al borde del camino. Pronto la camioneta llegó a Colonia Miguelete, un pueblo pequeño sobre una larga cuchilla. Saliendo de allí doblamos hacia el sur por un camino de tierra hasta que encontramos la primer escuela del recorrido, la número 22 de Cerro de las Armas. Como el terreno era allí más alto soplaba un viento frío. Golpeamos la puerta y nos recibe la maestra. La acompañan sólo dos de sus alumnos –“Somos del Correo”- le decimos y no creamos ninguna sorpresa, quizá piensa que es un envío habitual. “Trajimos las computadoras” insistimos y ahí sí los rostros de la maestra y de los niños se iluminan. No esperaban nuestra llegada. La escuelita tiene sólo cuatro niños de primaria y dos preescolares. Entregamos las cuatro laptops a Mary, la maestra, saludamos a los niños y pedimos instrucciones para la siguiente escuela.


El camino de tierra serpentea por las colinas. Cruzamos puentes y pasamos tractores. La gente que vemos saluda a su paso a la camioneta del Correo. Todos más o menos intuyen a qué venimos.

Sobre una loma está la escuela número 33, pero no encontramos a ningún niño. La auxiliar de la directora nos recibe las computadoras y nos indica el camino a la siguiente escuela.


Llegamos a Campana, sobre la ruta 55. La escuela es más grande y tiene varios salones. Pero aquí todavía no hay escolares. Vienen de tarde y por la mañana funciona un pequeño liceo. Séptimo, Octavo y Noveno, se llaman los grados en que una veintena de gurises se juntan en un salón de clases. Miran con alegría como bajamos las cajas con las laptops y al mismo tiempo con cierta tristeza. A ellos no les traemos computadoras, pero quizá más adelante. Saludamos y seguimos viaje hacia el oeste por otro camino de tierra. Vemos la escuela 116, muy bonita, con un gran ventanal por donde los niños ven pasar la camioneta. Inmediatamente se dan cuenta de que traemos las laptops. La maestra sale a recibirnos. “Las computadoras, las computadoras, empezaron a gritar ni bien los vieron”, nos cuenta la maestra. Entramos a la escuela donde los niños de primero hasta sexto comparten un único salón de clase. Ahí nos enteramos que las escuelas rurales comienzan a partir de las diez de la mañana. Por eso no encontrábamos niños en las anteriores.






La maestra abre las cajas y saca las máquinas. Cada una está identificada con el nombre del niño. La maestra les entrega las máquinas llamándolos de a uno, como si fuera un gran premio. Los niños no pierden un instante y ya comienzan a explorarlas. La maestra y su auxiliar no dan abasto con las preguntas de la clase. Natalia está en sexto año. Nos cuenta que piensa sacar fotos y mandar mensajes a sus compañeros. Juan Ignacio encuentra un programa para hacer música. No tiene computadora en su casa pero sabe usarla porque su tía tiene una. Le encanta jugar y chatear con sus amigos.


“Ya le van a agarrar la mano”, nos dice con seguridad Alejandra, la maestra. Explica que piensa usar las laptops como una herramienta, “para trabajar en Internet con las clases de geografía, buscando mapas para estudiar Uruguay”.



Maestra María del Rosario y sus alumnos de la Escuela Nº 35 de San Roque.



Saludamos y seguimos rumbo hacia el poniente hasta la escuela 35 de San Roque. Los niños nos ven por la ventana y suspiran de alivio. Por fin llegaron las computadoras que ya deseaban desde marzo. Nos recibe la maestra María del Rosario. La escuela tiene un salón de clase grande, compartido por todos los niños, de sexto a jardinera. La maestra entrega las pequeñas computadoras verdes llamando a sus alumnos por el nombre. Parece Día de Reyes. Los niños encienden sus máquinas sin perder un instante. Al minuto muchos de ellos ya conectaron la diminuta cámara que tienen las computadoras y filman a sus compañeros. Es que la maestra con su máquina, que ya la tenía hacía un mes, empezó por enseñarle a los más grandes. “Los niños estaban ansiosos con la llegada de las máquinas; todos los días me preguntaban: ¿Maestra cuando llegan las computadoras?”, nos cuenta.








María del Rosario explica que igual van a seguir trabajando “con el cuaderno y el pizarrón”, y con las máquina van a “trabajar en la parte de lenguaje, en la corrección del texto, y hacer cuentas con la calculadora”. Lo más importante resalta es que los niños van a poder conseguir material para estudiar. “Acá es muy difícil pedir información a los niños. Algunas familias tienen en la casa enciclopedias, pero acá no hay bibliotecas para que vayan los niños”, dice.


Llega la hora del almuerzo y los niños apagan sus computadoras. Les pedimos que salgan un instante para sacarles una foto. Los niños enseñan triunfantes sus coloridas computadoras.








La última escuela es la 74 del Paraje Santa Rosa. El camino se interna en ángulos rectos por el campo, bordeando establecimientos rurales. El edificio parece el más antiguo de todos los que hemos visto. Bajamos las cajas y los niños nos rodean. La maestra aún no se recupera por la sorpresa. Nos recibe y nos invita a pasar a la clase. Entrega las máquinas una por una a los sonrientes niños que no reprimen su felicidad. También aquí son rápidos como un rayo. Han pasado pocos minutos y los escolares se comportan como si las estuvieran usando hace meses. 

Nancy, la maestra nos explica que los niños ya tienen computación con una profesora una vez por semana. Pero ahora todos tienen una por banco. “El niño es mágico con la computadora, aprende con mucha facilidad”, dice Nancy. Aunque antes no estaba en su planes aprender computación, desde hace cuatro años que está capacitándose. Piensa que las laptops les ayudarán en la parte de investigación y en matemáticas.





Maestra Nancy y sus alumnos de la Escuela Nº 74 del Paraje Santa Rosa.



Le agradecemos a la maestra y nos retiramos. Los niños salen al patio de la escuela para despedirnos. Una niña nos graba con la cámara de su computadora. Se hace tarde y los niños deben continuar con la clase. Les queda mucho por aprender en el manejo de las nuevas máquinas, pero cuando se aprende jugando no hay ningún apuro.








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