martes, 20 de septiembre de 2011

Invitación a un viaje en el tiempo


Viejo anhelo de la Humanidad viajar atrás en el tiempo para visitar lugares históricos, como la Biblioteca de Alejandría o quizá para enmendar errores del pasado. Tal vez asistir a un día de tu infancia; sentarse a un lado y contemplarse a sí mismo jugando.
Como verán en este artículo, según la información que pude recopilar, desarrollar una máquina para viajar en el tiempo sigue siendo una tarea casi imposible. Sin embargo esto no ha impedido que físicos teóricos como Ronald Mallet o Paul Davies hayan pensado en estos problemas.







País Cultural
Viernes 07.03.2008 | Montevideo, Uruguay


Los hijos de Wells

Tres viajeros en el tiempo




DANIEL VELOSO

EN 1893 H. G. WELLS tenía 27 años, intentaba ganarse la vida escribiendo artículos y acababa de publicar un relato en el periódico National Observer de su amigo William Henley. En ese texto describía una máquina que podría desplazarse a través de la cuarta dimensión: el tiempo. Dos años más tarde desarrollaría esa idea llevando a un personaje a través de las eras hasta el final de la Tierra, en la novela corta La Máquina del Tiempo. El libro, una de las primeras obras de ciencia ficción, se convirtió en un éxito. La obra le trajo reconocimiento y le permitió vivir como escritor. 





AGUJEROS DE GUSANO. La humanidad entera está viajando hacia el futuro y siempre lo ha hecho. El tiempo se mueve en esa dirección. Tal vez el ritmo sea más lento de lo deseado. Para acelerar las cosas y moverse adelante en el tiempo hay que alcanzar velocidades cercanas a la de la luz. Según el físico alemán Albert Einstein, si una nave en movimiento llegara a acercarse a la velocidad de la luz, el tiempo en ésta comenzaría a correr cada vez más lento. Este curioso fenómeno conocido como dilatación gravitatoria del tiempo fue descrito por Einstein en 1907 como una consecuencia de la Teoría de la Relatividad Especial. A esa velocidad, necesariamente inferior a 300.000 km por segundo, ya que nada que esté compuesto de materia puede sobrepasar ese límite que impone la naturaleza, un cosmonauta en una nave podría alcanzar el centro de la Vía Láctea en 21 años. Esto podría ocurrir porque el tiempo en la nave transcurriría muy lentamente. Pero para los habitantes de la Tierra, que esperarían con ansias noticias de su periplo, la nave tardaría 30.000 años en llegar al centro de la galaxia. A su regreso el cosmonauta no encontraría a nadie conocido a quien contarle su aventura. Sin proponérselo, habría viajado hacia el futuro.





Para viajar al pasado el problema es aún más complejo. El físico británico Paul Davies, de 61 años, desde que leyó la novela de Wells en su adolescencia, sueña con viajar al pasado. Siendo estudiante asistió a una conferencia del astrónomo Fred Hoyle, en la que describía una teoría en la que las ondas de luz podían ir hacia atrás en el tiempo, influyendo en el rumbo en que llevaría su vida como científico. En 2003, en su libro ¿Cómo construir una máquina del tiempo?, lanzó la idea de utilizar un agujero de gusano para ir al pasado. En teoría, un agujero de gusano es un pasaje abierto en la trama del espacio-tiempo que podría conectarse con una región lejana del universo. Si una nave pudiera atravesarlo, saldría a años luz de distancia de la entrada. Según Davies, la diferencia con un agujero negro, formado por el colapso gravitacional de una estrella masiva, es que éste no conduce a ninguna parte. Se puede entrar pero no salir. 





En cambio si un viajero se internara en un agujero de gusano, al salir por el otro extremo podría encontrarse en el pasado. El primer paso para construir esta máquina del tiempo es encontrar un agujero de gusano, tarea nada sencilla, ya que aún no se ha detectado ninguno. Luego habrá que expandirlo para que permita pasar una nave; para ello se le tendrá que inyectar energía negativa. Davies asegura que ésta existe y que hasta se puede crear en un laboratorio. Al inyectarle esta energía crearía un estado anti-gravitatorio que ejercería un efecto repulsivo que mantendría las paredes del agujero de gusano estables impidiendo que se colapse bajo su propio peso. Paul Davies cree que la tecnología para desarrollar esta máquina del tiempo podría estar lista dentro de cien años, aunque tal vez se pueda encontrar una solución menos espectacular que un agujero de gusano, en la propia Tierra.

 





TÚNEL DE LÁSERES. Cuando tenía sólo 10 años, el físico estadounidense Ronald Mallett perdió a su padre, de 33 años. Un año más tarde descubrió La máquina del tiempo de H.G. Wells. "Eso me rescató de caer en la depresión aguda", contó a la prensa. El libro le dio la idea de construir una máquina para viajar al pasado "para volver a ver a mi padre, prevenirlo y quizá salvar su vida", explicó. Esta inspiración llevó a Mallett, nacido en 1945, a tener una brillante carrera como físico. Actualmente se encuentra desarrollando una verdadera máquina del tiempo. En 2003 publicó sus ideas, que fueron tomadas muy en serio por sus colegas. El plan de Ronald Mallett es torcer el espacio tiempo con un tubo formado por haces de rayos láser. En la naturaleza, los objetos masivos como las estrellas curvan el tiempo y el espacio, tal como fue pronosticado por Einstein y comprobado en 1919 cuando durante un eclipse, y aprovechando la oscuridad momentánea, se fotografió una estrella cuya luz había sido desviada por la curvatura del espacio que genera a su alrededor el sol. La idea en que se basa Mallett es que no sólo la gravedad deforma el espacio, sino también la luz. Usando anillos de luz de láser de gran potencia pretende crear una región de espacio rotativa, como si se estuviera revolviendo el café en una taza. En la Teoría de la Relatividad de Einstein, al retorcer el espacio se retuerce también el tiempo, ya que están unidos. Si se entiende al tiempo como una línea que va del pasado al futuro, si Mallett consiguiera cerrar esa línea y convertirla en un bucle, se podría pasar del futuro al pasado. 






Al comienzo, si logra construir la máquina, empezará por enviar partículas subatómicas al pasado. Pero podría ocurrir que al encender por primera vez la máquina, el profesor encuentre dentro del haz de láseres una partícula surgida de la nada, que él mismo se enviará quizá una semana adelante, en el futuro. Esta máquina empero no podrá llevarlo hasta su padre, ya que sólo se podrá viajar desde el futuro hasta el día en que sea encendida.

 




CURVAR EL ESPACIO. El científico israelí Amos Ori, del Instituto de Tecnología de Haifa, captó en 2007 la atención de los medios con otra variante de cómo construir la máquina. Para ello no necesitará de una materia exótica con densidad de energía negativa que incluyen otras teorías, sino que basta con el vacío común del universo. Ori afirma que el espacio puede curvarse hasta crearse un campo de gravedad interno capaz de arrastrar al espacio y el tiempo próximos. Según Einstein la intensificación de la gravedad curva el espacio-tiempo. Un ejemplo muy utilizado para visualizar este fenómeno es depositar una esfera de metal sobre una goma extendida. La esfera se hunde en la goma que se deforma por el peso de aquella. Una estrella muy masiva, una estrella de neutrones por ejemplo, deforma el espacio a su alrededor haciendo que cualquier objeto que pase cerca, "caiga" hacia ella. 






Este bucle espacio-temporal podrá ser construido con materia común y densidad de energía positiva, aunque aún se debe resolver cómo hará para mantenerse estable. Una vez que se consiga curvar el espacio y obligarlo a formar un bucle, la máquina del tiempo resultante funcionará sola. Ori lo explica comparándolo con una bala de cañón, que luego de ser disparada sigue su trayectoria al blanco por su propia cuenta. Al igual que otros teóricos, Amos Ori explica que una vez abierta la máquina, podría permitir a viajeros del futuro ir hacia atrás en el tiempo, pero sólo hasta la fecha de inicio de ésta.




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lunes, 29 de agosto de 2011

Arqueología submarina







Viernes 12-08-2011 Montevideo, Uruguay

El País Cultural


Arqueólogos uruguayos en la Patagonia

El incendio del Hoorn


 
Daniel Veloso


EL VIENTO no paraba de soplar, pero el tiempo apremiaba y los marinos holandeses debían calafatear el casco del Hoorn, el navío más pequeño de los dos que los había traído hasta la Patagonia. Aprovechando la marea baja, con el barco sobre la playa, los hombres pasaban fuego para sacar las colonias de moluscos adheridos a la madera cuando, de improviso, las llamas alcanzaron la cubierta sin que pudieran controlarlas. "Se quemó entero ante nuestros ojos", escribió en su diario el comandante de la expedición Jacob Le Maire. El Hoorn ardió toda la noche.

 


 



Casi cuatrocientos años después de esos hechos, un equipo internacional de arqueólogos viajó hasta Puerto Deseado en la Patagonia argentina, para buscar vestigios de aquella accidentada jornada de diciembre de 1615. La primera campaña arqueológica fue organizada a fines del verano de 2004 en la que participaron los arqueólogos y buzos profesionales uruguayos Alejo Cordero y Valerio Buffa. Fueron invitados por los argentinos Cristian Murray, Damián Vainstub, Ricardo Bastida y por el arqueólogo holandés Martijn Manders. El libro Tras la estela del Hoorn (Vázquez Mazzini Eds., 2008) documenta el trabajo arqueológico realizado para dar con los restos del navío, así como la historia de la expedición de Le Maire. Aquellos navegantes holandeses de comienzos del siglo XVII tenían como misión encontrar otra ruta al sur del Estrecho de Magallanes, y al hallarla, cambiaron la historia del mundo.



Planisferio de Rumold Mercator, de 1587.
Sudamérica está separada por el Estrecho de Magallanes de la Terra Australis
y la isla de Tierra del Fuego aparece como parte de esta. (Wikipedia).


MÁS AL SUR. Después de los primeros viajes de exploración, los mapas representaban a América del Sur unida a la mítica Terra Australis, la actual Antártida. Luego de que en 1520 Fernando de Magallanes encontrara el estrecho que lleva su nombre, los cartógrafos comenzaron a dibujar a los dos continentes separados por éste. A pesar de la importancia de su descubrimiento, el cruce del Estrecho de Magallanes era lento y peligroso. Por ello los navegantes de la época especulaban con la posibilidad de que existiera otro pasaje más al sur que uniera el Océano Atlántico con el Pacífico.
 

La ciudad de Hoorn



En 1605 Isaac Le Maire, próspero comerciante de la ciudad de Ámsterdam, se separó de la poderosa Compañía de las Indias Orientales que controlaba las rutas marítimas que llevaban a las islas de la "especiería". La compañía no utilizaba una de esas rutas, la del Estrecho de Magallanes, pero tampoco permitía su uso a otras empresas rivales. Intentando romper con el monopolio, Le Maire se traslada en 1615 a la ciudad portuaria de Hoorn, en los Países Bajos, y funda la Compañía Austral. Allí equipa dos barcos, el Eendracht y el Hoorn, con los que intentaría encontrar un paso al sur del Estrecho de Magallanes. Puso al frente de la expedición a su hijo Jacob y al experimentado marino Willem Schouten.



Jacob Le Maire.


Tras un viaje de siete meses llegan a Puerto Deseado en diciembre de 1615. Los viajeros conocían por narraciones de expedicionarios anteriores, como el holandés Van Noort, que allí se podía encontrar agua dulce, provisiones y un lugar seguro para reparar los barcos antes de continuar la travesía. Los grabados que ilustran los diarios del viaje muestran que durante su estadía los marinos holandeses se dedicaron con entusiasmo a cazar pingüinos y lobos marinos. El 17 de diciembre comenzaron las tareas de mantenimiento de los barcos, hasta que se incendia el Hoorn.
 




Los comandantes de la expedición, sin desanimarse, tomaron la temeraria decisión de continuar el viaje sólo con el Eendracht. "Fue muy arriesgado lo que hicieron de continuar el viaje", dice Alejo Cordero. "No se podía hacer un viaje trasatlántico con una sola nave", aclara.
Sin embargo la fortuna los acompañará y tras pasar frente al Estrecho de Magallanes y seguir la costa de Tierra del Fuego, el 25 de enero de 1616 encuentran un pasaje entre ésta y la Isla de los Estados. Tal como confiaba Isaac Le Maire, sí había un pasaje más al sur. En su honor será bautizado como Estrecho de Le Maire. El Eendracht continuó rumbo hacia el oeste, pasando al sur del Cabo de Hornos, un promontorio rocoso ubicado al sur de la isla del mismo nombre. Habían avistado el punto más al sur del continente americano. Los navegantes lo bautizaron Kaap Hoorn, aunque con el tiempo el nombre derivaría a Cabo de Hornos.

 

Mapa del extremo sur del continente Sudamericano.
Se aprecia el Estrecho de Le Maire, la Isla de los Estados
y el Cabo de Hornos. (Wikipedia).
 


UN PUZZLE EN LA PLAYA. El primer día en Puerto Deseado, al hacer una observación preliminar de la playa de la ría, encontraron una serie de piedras que no correspondían con la geología del lugar. Estas formaron parte del lastre de la embarcación, arrojadas a la playa para poder inclinarla y así calafatear su casco. Gracias a las piedras de lastre el equipo pudo delimitar el lugar donde se quemó la nave.
En la ría Deseado, la diferencia entre la bajamar y la pleamar o marea alta, es muy grande, de cinco metros. "Las piedras de lastre que señalan el lugar donde se quemó el Hoorn están cubiertas por el agua la mayor parte del día", dice Valerio Buffa. 



Piedras de lastre en la playa de la ría.


Cuenta que los arqueólogos argentinos los invitaron a participar a raíz de una ponencia que presentaron en un congreso en Argentina, sobre un naufragio encontrado en el Fortín de Santa Rosa, Canelones. "Era uno de esos veleros que hacía la carrera del guano por el Cabo de Hornos", cuenta Buffa. "En aquel naufragio estudiamos la dinámica y las energías que trabajan en la costa", comenta Cordero.
En Patagonia esta experiencia les fue útil para hallar pequeños restos del Hoorn, como piezas de metal o de terracota que aparecían muy repartidas por la orilla. Así encontraron "dos partes de un sello de una botella de cerámica, uno en cada punta de la playa". El sello fue ensamblado y enviado a los Países Bajos. Los estudios revelaron que pertenecía a la época de la expedición de Le Maire, permitiendo identificar así al Hoorn.
 



El equipo no pudo encontrar el navío en el fondo fangoso de la ría, si es que ahí está. Puede que las maderas del casco fueran usadas por los indios tehuelches. No obstante, los arqueólogos afirman que el objetivo de hallar los restos del naufragio para su conservación como patrimonio cultural marino, y como legado para las generaciones futuras, está cumplido.

  


En la foto se ve la diferencia entre la marea baja y la alta, en la playa de la ría.


TIBURONES Y PUMAS. Ambos arqueólogos uruguayos bucearon en las frías aguas de la Ría Deseado buscando restos del navío. La escasa visibilidad dificultó el trabajo, que tenía que hacerse al tacto. Para evitar perderse los buzos se sumergían siguiendo un cabo tirado desde un bote. Ellos nunca sospecharon que mientras trabajaban bajo la superficie estuvieran en peligro. "Después de haber hecho cuatro inmersiones nos llevaron a visitar la Caleta Tiburón donde se hace la pesca deportiva del tiburón tigre". Grande fue su sorpresa cuando en el club de pesca de Puerto Deseado vieron las típicas fotos de los tiburones capturados, exhibidos como trofeos. Allí comprendieron que debajo del agua no habían estado solos. A partir de ahí, "cada vez que algo nos tocaba abajo del agua nos sobresaltábamos", dice Buffa.
 

  Ría Deseado.


Patagonia es una región donde el clima impone sus condiciones. "Hay viento permanente" cuentan los arqueólogos. "Hay gente que no aguanta el viento, que se enloquece". A este aspecto se suma el paisaje desolado. "Es un lugar donde no hay alambrados ni actividad humana, sólo hay manadas de guanacos, y también pumas". Alejo Cordero cuenta que estos camélidos andan en manadas guiadas por un padrillo. "Este siempre te está vigilando y dicen los lugareños que cuando en vez de mirarte está mirando para otro lado es porque cerca hay un puma".
 

 Ría Deseado. Miradores de Darwin.

Un día salieron a caminar por la ría, a un paraje de gran belleza conocido como los Miradores de Darwin, visitado por el naturalista en 1833. Los arqueólogos volvían caminando por la orilla de la ría cuando vieron que sobre sus huellas, estaban impresas las de un puma que los había estado siguiendo. Había olfateado la comida que llevaron para el paseo. Sin pensarlo demasiado, volvieron a la camioneta antes de que cayera la noche.


Copyright ®  Daniel Veloso Mozzo 2014



Algunas fotografías fueron tomadas del libro Tras la estela del Hoorn (Vázquez Mazzini Editores, 2008).









domingo, 20 de febrero de 2011

Pateando la estantería.





El País Cultural
Viernes 14.09.2007 | Montevideo, Uruguay

 
Nueva teoría cosmológica





 

La luz del primer día
 

DANIEL VELOSO



JOÃO MAGUEIJO, físico y cosmólogo portugués de 40 años, ha conmocionado toda la estantería de la física actual al proponer que la luz era mucho más veloz en los comienzos del universo, contradiciendo el postulado de Einstein de que la luz viaja a velocidad constante.
Pese a la oposición, Magueijo tuvo el suficiente coraje para mantener firmes sus convicciones. Algo así le pasó antes al propio Einstein que, en 1905 -a los 26 años de edad-, publicó en un artículo la idea de que la luz viajaba siempre a la misma velocidad, causando una revolución en el pensamiento científico y derrumbando la concepción newtoniana del universo que había permanecido firme por 250 años. El dato que indica que la velocidad de la luz es siempre la misma, unos 300.000 km. por segundo, es de vital importancia para muchas teorías que surgieron después de la Teoría de la Relatividad. Las teorías cosmológicas que explican el origen y la naturaleza del universo fueron construidas sobre esta información. 


 




Al pretender cambiar semejante dato, Magueijo tuvo que decidir entre poner en riesgo su carrera como físico o abrazar su teoría y proseguir en su profundización. La teoría de la velocidad variable de la luz o VSL, por sus siglas en inglés, surgió por necesidad. La teoría del big bang, la gran explosión que originó el universo hace 15 mil millones de años, es aceptada por todos los cosmólogos, pero no ha podido contestar varios enigmas, conocidos precisamente como enigmas cosmológicos. 










INFLACIÓN Y DESPUÉS. Para intentar resolver estos enigmas, el físico estadounidense Alan Guth desarrolló la Teoría de la inflación. Ésta explica que en sus primeros segundos de vida, el universo, que estaba comprimido, se expandió a una gran velocidad, inflándose y aumentando de tamaño. Aunque aún no se han encontrado pruebas experimentales que confirmen esta teoría, es aceptada por muchos cosmólogos. A pesar de su buen recibimiento, sin embargo hace tiempo que no conformaba a todos, entre ellos a Magueijo. Para él se mantenía hasta hace poco el enigma, y la forma de resolverlo llegaría si se rompiera una regla sagrada: la velocidad constante de la luz. 








Este hecho es el segundo postulado de la Teoría especial de la Relatividad publicada por Albert Einstein en el famoso artículo de 1905. El fenómeno había sido comprobado ya en 1887 con el experimento Michelson-Morley, en el que se demostró la inexistencia del éter, supuesto medio por el que se desplazaba la luz. Ante estos datos Einstein se dijo: "si la velocidad de la luz no cambia, entonces tendrán que cambiar otras cosas". Estas cosas fueron el tiempo y el espacio, derribando la idea de que hay un espacio y un tiempo universales. Einstein describió un universo en el que el espacio-tiempo puede curvarse y cambiar, expandirse y contraerse según los movimientos relativos del observador y del objeto observado. Lo único que no cambia es la velocidad de la luz, afirmó. 






UNA POSIBLE SOLUCIÓN. Uno de los enigmas que no puede contestar la teoría del big bang es conocido como el "problema del horizonte". Anclados en la Tierra, los astrónomos sólo pueden ver una pequeña porción del universo. Este horizonte lo establece el límite de la velocidad de la luz. "Cuando vemos una estrella, la vemos como fue en el pasado", recuerda Magueijo. La luz de una galaxia distante tuvo que viajar millones de años por el vacío para llegar hasta esta región donde se encuentra el sistema solar. A medida que se mira más profundamente en el espacio, más atrás en el tiempo se va. Esas distancias determinan nuestro horizonte cosmológico. Eso significa que la luz emitida por objetos aún más distantes, todavía no ha tenido tiempo de llegar hasta la Tierra.
Pero lo que le preocupaba a Magueijo era el tamaño del horizonte inmediatamente después del big bang. Si la luz en ese comienzo se hubiera desplazado a la velocidad actual, cuando el universo tenía un año, el radio de su horizonte era de sólo un año luz. Eso daría un universo que estaría fragmentado en varias regiones que no tendrían contacto entre sí porque la luz no hubiera tenido tiempo para llegar hasta cada una de ellas. Este argumento contradice el hecho observable de que el universo actual se presenta como homogéneo. Hacia donde apunten sus telescopios, encuentran la misma cantidad de materia.  



 
 



El problema surge en que para que un sistema llegue a homogeneizarse, sus partes tienen que entrar en contacto, como el café cuando se mezcla con la leche. Pero en los comienzos del universo, cuando éste comenzó a expandirse, la luz, a sus 300.000 km. por segundo actuales, no hubiera podido alcanzar todos los extremos como para que estos estuvieran conectados entre sí y así hubiesen podido mezclarse.
La solución a este enigma pasaría por pensar que al comienzo el universo tuvo una luz en extremo veloz. Para imaginar a qué velocidad iba esa luz primigenia, hay que agregarle a la cifra actual, nada menos que 32 ceros. Entonces, explica Magueijo, "un año luz veloz sería mucho mayor que 15.000 millones de años luz comunes". 



 Alexander Friedman

SUPERVELOZ. Otro misterio cosmológico, que atormentaba a Magueijo es el de la planitud. En 1910, el físico ruso Alexander Friedman, partiendo de las ecuaciones de campo de Einstein, llegó a la conclusión de que el universo estaba en expansión. El físico alemán, que se había dejado llevar por los prejuicios de la época, había optado por un universo estático. A regañadientes tuvo que aceptar que Friedman podía tener razón. Friedman se imaginó tres tipos de modelos de universo: los espacios esféricos o cerrados; los seudoesféricos o abiertos y los universos de geometría "plana". 









En un espacio cerrado la expansión del universo es frenada por la gravedad haciendo que colapse sobre sí mismo hasta finalizar en un big crunch, que posiblemente diera origen a un nuevo big bang, lo que se conoce como universo pulsante. En uno abierto, la expansión vencería a la atracción gravitatoria, separando cada vez más a las galaxias y terminando en un cosmos vacío y oscuro. Un universo de geometría plana es aquel que ha llegado a cierto equilibrio en que ni se supera la "densidad crítica" en el que actuaría la gravedad y lo convertiría en uno cerrado, ni se está por debajo de la misma, cosa que lo llevaría a convertirse en uno abierto. La observaciones astronómicas hacen pensar que el cosmos actual es uno de tipo "perturbado", que tiene fluctuaciones de densidad. Es decir, posee zonas en que la densidad es más baja de lo normal, lo que las asemejaría a un pequeño universo abierto, y otras zonas en que la densidad sería mayor, pareciéndose a uno cerrado. 






Magueijo



LA LUCHA POR PUBLICAR. Al principio los amigos de Magueijo lo trataron de tonto y le recomendaron que se dedicara a cosas más serias. Esto no lo hizo desistir; procuró conseguir un socio para afrontar la difícil tarea de darle forma a la teoría. Ese fue al fin el cosmólogo Andy Albrecht, el más importante del Imperial College de Londres, donde trabaja actualmente Magueijo. Juntos redactaron el primer artículo en que exponen sus ideas. Lo enviaron a la revista de divulgación Nature, y pasado un año de espera recibieron una nota en que se les respondía que su enfoque "no era profesional". Por eso lo publicaron en Internet.
En 1992 John Moffat, físico de la Universidad de Toronto, había ideado una teoría similar a la de Magueijo, pero como se la habían rechazado y no tuvo ganas de darse la cabeza contra una pared, prefirió publicarla en una revista de menor difusión. Magueijo no estaba enterado del trabajo de Moffat, pero ante las protestas de éste ambos aceptaron reunirse hasta que salvaron toda disputa y difunden juntos sus especulaciones.  






MÁS RÁPIDO QUE LA VELOCIDAD DE LA LUZ, de Joao Magueijo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006,  270 págs.







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domingo, 6 de febrero de 2011

El viejo mar... depredado.

 

El País Cultural

Viernes 10.08.2007
Montevideo, Uruguay




Mares y oceanografía



La vida sin luz





DANIEL VELOSO


SE SABE MÁS del espacio exterior que de los mares de la Tierra, y de eso se quejan los oceanógrafos. El dinero que invierten los países desarrollados en estudiar el océano es una fracción mínima de lo que gastan en la exploración espacial y en la producción de armas. Sólo se invierte si hay posibilidades de obtener resultados económicos, como en la prospección de petróleo y gas natural en las plataformas continentales. Otro motivo para la exploración es el militar. Por ejemplo cuando se realizó la cartografía del fondo del mar por parte de la marina estadounidense durante la Guerra Fría. Para 1990 la marina de Estados Unidos había cartografiado cerca de la cuarta parte del océano mundial gracias al sonar multihaz. Al no difundir sus datos, los científicos tuvieron que financiar y construir sus propios sonares. Recién en 1981 la marina permitió que un barco oceanográfico pudiera utilizar un instrumento similar pero de menor resolución, con 16 haces en lugar de 61. 





A pesar de la falta de recursos, los oceanógrafos han develado bastantes misterios del océano, como qué fuerzas se manifiestan en su lecho, qué seres lo habitan o qué influencia tiene sobre el clima y sobre la vida en el planeta. En el libro "La exploración del mar", escrito con pasión y sencillez, Robert Kunzig, oceanógrafo y periodista, transmite justamente el estado actual de los conocimientos sobre ese universo líquido que la Humanidad apenas ha empezado a conocer.



Ilustración para 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne.


LAS PROFUNDIDADES. Los sabios del siglo XIX argumentaban que el fondo marino era un lugar plano, aburrido y desprovisto de vida. La presión aplastante y la ausencia de luz les llevaba a pensar que allí abajo el agua se estancaba y que no tenía contacto con la superficie. Fue duro vencer tales prejuicios. A lo largo de un siglo los científicos del mar se embarcaron en distintos buques oceanográficos en busca de pruebas. El buque oceanográfico HMS Challenger en 1876 descubrió la cordillera submarina que recorre la parte central del Océano Atlántico de Norte a Sur, conocida como la Dorsal Meso atlántica. Este descubrimiento probaba que el fondo oceánico no era plano y daba una pista sobre el origen de los continentes y las cuencas marinas.




En 1912 el alemán Alfred Wegener lanzó su teoría sobre la Deriva de los Continentes, en la que explica que las masas continentales se deslizan sobre un océano de roca fundida, el Manto. Esta idea, muy resistida, fue confirmada en los 60` cuando se pudo probar que en el fondo del Atlántico se estaba creando corteza terrestre nueva. La lava aflora en un angosto valle tectónico en medio de la cordillera atlántica y, al solidificarse, forma nuevo fondo marino, empujando hacia ambos lados las placas africana y sudamericana. Esta última deriva hacia el oeste, obligando a las placas del Pacífico a sumergirse debajo, creándose una profunda fosa marina, además de la elevación de la Cordillera de los Andes. Se podría decir que el Atlántico crece a expensas del Pacífico. Este descubrimiento ocasionó una verdadera revolución en la geología. No era que los continentes derivaran, sino que era el fondo marino el que se expandía.


Chimenea submarina, rodeada de una colonia de gusanos tubícolas.



OASIS DE VIDA. El fondo del mar, tan poblado de animales como una selva tropical, es muy distinto al mundo sin vida imaginado en el siglo XIX. Lo habita una gran variedad de especies como gusanos planos llamados holoturias o pequeños crustáceos, conocidos como anfípodos además de los animales gelatinosos como las medusas de largas y pegajosas redes.





El 23 de enero de 1960 el batiscafo Trieste, diseñado por el explorador suizo Auguste Piccard y tripulado por su hijo Jacques, descendió hasta el fondo de la Fosa de las Marianas, en el Pacífico Occidental. Lo primero que pudo descubrirse cuando el sedimento del fondo se disipó fue un pez plano similar a un lenguado. La profundidad era de 10.915 metros y allí había vida que soportaba esa presión descomunal, 1100 veces la que se siente a nivel del mar. Hoy día sigue sin conocerse cómo es que sobreviven estos animales a esa presión.





En 1977 otro sumergible famoso, el Alvin, estaba siendo utilizado por una expedición que exploraba la cordillera submarina conocida como Dorsal del Pacífico Oriental, al norte de las islas Galápagos. Los hombres que guiaban el submarino no podían creer lo que veían. Vapores calientes de sulfuro salían de chimeneas submarinas. Pero lo más espectacular fue descubrir verdaderos oasis de vida arracimados en torno a esas fuentes de agua hirviendo. Largos gusanos tubícolas del color de la sangre se apretaban como flores. Cangrejos y peces albinos habían hecho su hogar a 2.500 metros de profundidad y en la más absoluta negrura. Entonces no se sabía cómo hacían todos esos animales para vivir sin seres que generaran alimento a partir de la luz solar, como lo hacen las plantas a través de la fotosíntesis. La respuesta está en que el agua alrededor presenta nubes blancuzcas, ni más ni menos que bacterias que extraen su energía del azufre.





Esos ecosistemas se sustentan no en la fotosíntesis sino en la quimiosíntesis. Tan asombrosa es la adaptación de estos organismos a ese medio hostil que, por ejemplo, los gusanos tubícolas que no tienen tubo digestivo, se alimentan a través de las bacterias que viven en sus cuerpos. Pero estos oasis no son eternos y prosperan lo que dure el agua termal, a lo sumo un par de décadas, siempre y cuando no ocurra una erupción volcánica y toda la vida quede cocinada.






DEPREDACIÓN. Muchos de los preconceptos sobre el mar y sus recursos cayeron a lo largo del siglo XX. Algunos gracias a la ciencia y otros, por la fuerza de los hechos. En 1883, el biólogo inglés Thomas Huxley escribió: "Creo que la pesquería de bacalao y probablemente todas las grandes pesquerías marinas son inagotables, es decir, que nada de lo que hacemos afecta seriamente al número de peces". No podía estar más equivocado. La población de bacalao, un pez que habita las aguas del Atlántico Norte, ha visto descender su número a lo largo de todo el siglo pasado. Lo comenzaron a pescar en el siglo XV vascos e ingleses, intensificándose la captura con la aparición de los barcos a vapor provistos de redes de arrastre. Este tipo de redes devasta el fondo al capturar no sólo las especies de valor comercial sino a muchos otros animales. Poco después, la captura de las especies comerciales se vio disminuida.





En los años veinte, con la invención del filete congelado, la explotación pesquera creció. El eglefino, pariente del bacalao pero más sabroso, fue diezmado. En 1929 se capturaron 120.000 toneladas en el Golfo de Maine, en Estados Unidos. En 1934 sólo se logró extraer 28.000 toneladas, pero nadie atendió al aviso. Mientras, el bacalao volvió a respirar, hasta la aparición en 1954 del primer barco factoría. En pocos años, buques de varias nacionalidades pescaban frente a aguas del Labrador. En 1968 se capturaron 810.000 toneladas de bacalao, el triple de lo que se obtenía antes de los barcos factorías. Frente al desastre que se avecinaba, en 1977 los pescadores estadounidenses consiguieron que se expulsara a los barcos extranjeros fuera de las 200 millas marinas de la costa. Pero el resultado fue peor. Los estadounidenses aumentaron más el "esfuerzo de pesca", impidiendo que algunas especies lograsen su recuperación. En 1992 Canadá suspendió la pesca del bacalao y en 1994 Estados Unidos tuvo que cerrar amplias zonas del mar para darle un respiro a estas especies. A pesar de las advertencias de los científicos, y de que las poblaciones marinas son ya muy pequeñas, no se ha dejado de pescar.




El océano es lo bastante grande como para comprenderlo con facilidad, dice Kunzig, pero "es lo bastante pequeño para estropearlo". La advertencia está centrada en la urgencia de entender el poder que tiene el Hombre para afectar al mar. El calentamiento global causado por el aumento de emisiones de carbono a la atmósfera, por ejemplo, puede hacer que las corrientes oceánicas cambien su rumbo, desencadenando una nueva pequeña era glacial sobre Europa, como la ocurrida en el Medioevo.





LA EXPLORACIÓN DEL MAR. La extraordinaria historia de la oceanografía, de Robert Kunzig. Laetoli-Océano. Navarra, 2006,  387 págs.


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