sábado, 14 de marzo de 2009

Orwell recargado.





George Orwell y la Libertad de Prensa



El derecho de decir
lo que no se quiere oír






"Si la libertad significa algo, es el derecho de decir lo que no se quiere oír"



Cuando se menciona el nombre de George Orwell, para aquellos que lo conocen, surge el escritor que escribió la novela 1984. Ese mundo oprimido, donde no es posible hablar ni pensar con libertad, que temió se convirtiera en realidad. También se lo conoce por ser el escritor de Rebelión en la granja, una fábula en la que los animales deciden revelarse a los humanos y administrarse ellos mismos. Tal vez se sepa que luchó en la guerra civil española, en el bando republicano. Pero estos hechos, no son más que puntos que confeccionan la constelación, el dibujo de lo que fue Eric Arthur Blair, más conocido como George Orwell.


En 1936, George Orwell vivía felizmente con su esposa Eileen en el pequeño pueblo inglés de Wallington. Deseaba vivir lejos del ruido de Londres, poder plantar verduras y árboles frutales, y escribir tranquilo su libro. Wallington era tan modesto que tenía tan sólo una iglesia y dos bares, pero ningún almacén. Así que decidió poner uno en su casa. Los clientes más frecuentes eran los niños, que le compraban caramelos. Tenía la tranquilidad que quería para escribir El camino de Wigan Pier, un libro que relataba su viaje de investigación al norte industrial de Inglaterra, donde había constatado la triste realidad de la gente de esos pueblos y ciudades. Orwell se hospedó en las humildes pensiones de aldeas como Wigan, entrevistó a mineros y jubilados, les preguntó sobre sus sueldos y sus pensiones. Tomó nota de sus viviendas y de su alimentación. Con todo ello escribió un libro duro y directo, en el que critica las políticas gubernamentales y municipales y también la inoperancia de los partidos de izquierda para dar una solución a estas personas. Este libro se convertiría en un buen éxito de ventas, le haría conocido y le traería una lluvia de halagos y de críticas. Pero Orwell no estaría en Inglaterra para recibirlas. Entusiasmado con la pelea que la República Española ofrecía a la insurrección de Franco, había dejado su casa y su huerta, y se había marchado a España. Tal vez a luchar, no lo sabía, pero sí con la idea de escribir un libro sobre la guerra. Llega a Barcelona a fines de diciembre de 1936, y se alista en la milicia del POUM, siglas del Partido Obrero de Unificación Marxista. En seguida comprueba las desigualdades que había en uno y en otro bando. Mientras que el bando insurgente tenía el apoyo de armas y hombres de las potencias fascistas de Hitler y Mussolini, las milicias compuestas por trabajadores apenas tenían viejos fusiles mauser. Orwell había tenido en su juventud, entrenamiento militar, además de haber sido policía en Birmania en los años veinte, por lo que pronto sería ascendido a cabo. Enviado al frente de Huesca, en Aragón, experimentaría el tedio de la guerra de trincheras. Mientras pasaban las semanas, casi sin enfrentamientos, escribía. En los primeros días de Mayo de 1937, viaja a Barcelona a ver a su mujer Eileen, que vivía allí desde Febrero. Pero no pudo descansar demasiado. El gobierno de la república, dominado por el Partido Comunista, planeaba eliminar las milicias de los partidos pequeños como el POUM. Se ordenó a la guardia civil, desalojar a los anarquistas de la CNT que ocupaban la central de teléfonos de Barcelona desde el inicio de la guerra. Estos se resistieron, lo que derivó en que varios grupos se enfrentaran en las calles de la ciudad durante días. Orwell y su brigada, compuesta por varios ingleses, se ofreció a ayudar. Los dirigentes del POUM, que intentaban tranquilizar las cosas, los enviaron a la azotea de un cine, a proteger la calle donde estaba la sede. Enfadado, más tarde escribiría; "Yo había estado 115 días en el frente y había ido a Barcelona deseoso de tener un poco de descanso y tranquilidad; y por el contrario, tenía que pasar los días en un tejado ante guardias de asalto tan aburridos como yo, que cada tanto me saludaban y me aseguraban que eran "trabajadores", con lo que querían decir que esperaban que yo no les disparase, pero que con toda seguridad abrirían fuego si recibían la orden de hacerlo". Lentamente la confusión fue disipándose, y Orwell, que había viajado con la esperanza de enrolarse en las brigadas internacionales, dirigidas por los comunistas, volvió al frente, a su vieja brigada, muy decepcionado con las intenciones del gobierno. El veinte de mayo, antes del amanecer, George Orwell se levanta para relevar al guardia en la trinchera. Temerario como era habitual en él, se exhibe al fuego enemigo. Recortada su figura contra los colores del amanecer, un francotirador le dispara, atravesándole la garganta. Herido, en el suelo, piensa que es el fin. Está furioso, no desea abandonar esta vida, y a su esposa. Sus compañeros lo llevan en una camilla a los saltos, y al pasar debajo de unos álamos del camino, piensa que la vida vale la pena. Se recuperará más tarde, quedándole como secuela la voz rasposa. Internado en un hospital de Barcelona, se encontrará con su esposa que le trae malas nuevas. El POUM ha sido declarado ilegal y se le acusa injustamente de fascista. Sus vidas corren peligro y deben huir de España.




Luchar por la libertad

Haciéndose pasar por turistas ingleses, pese a lo gastado de sus ropas, huyen en tren por la frontera el 23 de junio de 1937. Sus nombres están en la lista de los perseguidos, por lo que los últimos días en Barcelona han sido una pesadilla. "Empezamos como heroicos defensores de la democracia y terminamos escabulléndonos a través de la frontera con la policía a nuestras espaldas", le escribiría en una carta a un amigo. A salvo, del lado francés, se hospedan en un pequeño puerto de pescadores. El tiempo es malo y el humor no es mejor. Orwell no pierde un instante y comienza a escribir un artículo, de título "Yo fui testigo en Barcelona" para el diario New Statesman. El diario lo rechazaría, argumentando que sería poco conveniente para los intereses de la República. En el artículo Orwell explica los acontecimientos políticos que llevaron al gobierno español a declarar ilegal al POUM y la represión brutal que sufrieron sus miembros. También denuncia la injerencia de la Unión Soviética en la política de la República a cambio de ayuda militar. Una de las condiciones impuestas por el gobierno de Stalin era formar un ejército popular para hacerle frente al ejército franquista. Las instrucciones exigían eliminar las milicias populares, compuestas por partidos pequeños como el POUM o por sindicatos como la CNT. En esos años los anarquistas contaban con muchos partidarios, sobre todo en Cataluña. El gobierno de la República decidió entonces no enfrentarse con los anarquistas, y optó por atacar al más minoritario POUM. Alguna prensa se encargó de difamarlo, acusando a sus integrantes de ser espías de Franco. En las calles de Barcelona se pegaron carteles en los que se veía un demonio nazi oculto detrás de una máscara con la palabra POUM. "¡Fuera la careta!", decía el cartel. Esta campaña terminaría con la supresión del partido y con el encarcelamiento de sus miembros. Su líder, Andrés Nin, sería arrestado y más tarde fusilado sin mediar ningún tipo de juicio. Orwell comprendía bastante bien la situación política en la que se encontraba a pesar de la confusión de hechos. En un documental sobre Orwell, hecho en los años ochenta, un viejo dirigente del POUM de aquellos años, contaba que no sabiendo que hacer con esos ingleses bien intencionados, los enviaron a una azotea a cuidar la calle. Puede que para un inglés fuera demasiado complicado entender la apasionada forma de hacer política de los mediterráneos, pero no para el escritor. Escribió varios artículos y críticas de libros sobre la guerra civil española, pero muchos fueron rechazados. Los editores se excusaban, diciéndole que sus denuncias atentarían contra la unidad de la República Española, ya que lo prioritario era ganar la guerra. Orwell no disentía en este punto. Compartía la opinión de que era indispensable ganar la guerra al fascismo. Pero a pesar de que se le criticaba de no tener sentido práctico y sólo ver el lado ético, Orwell no desistió de denunciar el atropello. El New Statesman, en compensación, le ofreció escribir la reseña de un libro sobre la guerra en España, la Cabina española, de Franz Borkenau. Orwell aceptó, pero volvió a la carga, y escribió llanamente sobre diarios censurados, policías políticas, espionaje, y dijo que aquella atmósfera de la que había escapado era un infierno. Demasiado para el editor que lo volvió a rechazar, aunque le pagó la nota. El escritor no aceptó el dinero, en cambio consiguió publicarla en la revista Time and Tide. En la tranquilidad de Wallinton, terminó de escribir Homenaje a Catalonia, el libro en que cuenta sus experiencias en la guerra. Actualmente es considerado el mejor relato sobre la guerra civil, pero en su momento vendió muy pocos ejemplares. Tal vez se debió a problemas de distribución, ya que antes de que escribiera una sóla página, su editor, Víctor Gollancz, se negó a publicarlo. Gollancz era de la idea de que no había que dividir a las fuerzas de la República, y de preservar el apoyo de los ingleses para con España. Orwell intentaría romper con el editor, pero un contrato por varios libros más le ligaba. Años más tarde, cuando durante la Segunda Guerra Mundial, Gollancz rechazó Rebelión en la Granja, Orwell, íntimamente, se sintió satisfecho.



Granja de animales

En 1942 Orwell trabaja como periodista en la revista Tribune. También conduce y produce un programa de radio en la BBC. Sus oyentes son lejanos y poquísimos hindúes que entienden inglés. La guerra, en toda su intensidad, también actúa sobre Orwell y su salud. El racionamiento de alimentos y de carbón, le hacen pasar un invierno crudísimo en las peores condiciones. Mientras Londres era bombardeada, él no se escondía en los refugios, decía que era más fácil sobrevivir en la calle. A pesar de las penurias, decide con su esposa Eileen, adoptar un bebé al que llamaron Richard Horatio Blair. Orwell disfrutaba enormemente estar con su hijo. En este contexto, un nuevo libro tomaba forma. Era distinto a los anteriores. Este era una fábula, en la que los animales de una granja se revelaban contra sus dueños, y tomaban el control de la misma. Pero también una sátira, en la que describía como era traicionada la revolución original por la ambición personal. En el relato, los animales se organizan y deciden llevar adelante la granja. Los cerdos, los más inteligentes, que sabían leer y escribir, toman el liderazgo. Pero pronto surge la rivalidad entre el cerdo Copo de nieve y el cerdo Napoleón. Se ha querido ver en uno a Trotsky y en el otro Stalin. Napoleón inicia una campaña de desprestigio y consigue culpar de traición a copo de nieve, que consigue huir con vida de la granja. Ahora en la granja gobierna Napoleón, aunque dice ser uno más de los animales. A partir de ese momento, los cerdos vivirán en la casa del granjero, y se valdrán del engaño para obtener privilegios. La leche, el azúcar y hasta el alcohol serán para los chanchos. El libro, escrito a mitad de la guerra, no pudo publicarse hasta que esta terminara. Pasó por las manos de varios editores sin que ninguno se atreviera a publicarlo, y hasta uno de ellos se lo enseñó a un funcionario del Ministerio de información. Podía ser un escándalo. No debía ser ofendido el aliado ruso que tanta ayuda le brindaba a la Inglaterra sitiada. Tendrá que terminar la guerra para que el libro sea publicado. En la introducción que escribió, que no fue publicada en su primera edición y que estuvo perdida durante décadas, Orwell critica duramente, cómo periodistas y editores, sin ser presionados por el gobierno inglés, se autocensuraban. "... el peligro principal para la libertad de pensamiento y expresión en este momento, no es la interferencia directa del Ministerio de Información. Si las editoriales y los editores se esfuerzan porque determinados temas no sean impresos, no es porque tengan temor a un proceso legal sino porque tienen miedo de la opinión pública. En este país la cobardía intelectual es el peor enemigo al que tiene que enfrentarse un escritor o un periodista y, en mi opinión, este hecho no ha sido discutido como se merece". La censura de guerra, explicaba, había sido tolerante con las opiniones de la minoría, y hasta había aceptado algunos excesos. Por esta razón era irritante que la mayoría de la censura fuera voluntaria. Era un enfrentamiento con el sentido común imperante, un enfrentamiento en el que era difícil ganar. Cualquier crítica que se hiciera contra la Unión Soviética era rechazada. Sin embargo, explica, no ocurría lo mismo si se criticaba, y muy duramente, al primer ministro Winston Churchill en los diarios locales. El tema en cuestión, escribe, es "¿Merece que se escuche cualquier opinión, por impopular o tonta que sea?". La respuesta de todo intelectual inglés será sí, dice, pero si la pregunta se refiere a si se puede criticar a Stalin, la respuesta de los mismos intelectuales será no. Esta disputa que vivió George Orwell hace sesenta años, puede parecer como desempolvar viejas momias; polémicas que parecen superadas al desaparecer sus interlocutores y su mundo. Tal vez no sea tan así. Orwell en este prefacio, que hubiera perjudicado el éxito literario de Rebelión en la Granja, al enfocar la crítica sobre el régimen de Stalin, en vez de contra todos los totalitarismos, exige mayor madurez y honestidad intelectual. "Si tuviera que escoger un texto para justificarme", escribe, "escogería una línea escrita por Milton: "Por las reglas conocidas de la antigua libertad".


La ignorancia es la fuerza.

Durante uno de los programas de t.v. conocidos como "Gran Hermano", un telespectador preguntó si el vencedor del juego sería el que fuera como un gran hermano para los demás participantes. Uno de los panelistas, al parecer un poco más informado que los demás, le explicó brevemente que el nombre de Gran Hermano, era invención de un escritor llamado George Orwell, y que era la encarnación de un poder total, que observaba y controlaba a todas las personas. Pero no quedó claro. El concepto de control y de observar la intimidad de los individuos sin ser visto, está presente en la audiencia que mira a los participantes a través de sus pantallas. La producción del programa para nada hizo hincapié en que se relacionara su programa, inocente, con el libro, y menos con su contenido. No quedaba claro si el Big Brother era el público en su conjunto, el programa o la televisión en abstracto. Qué pensaría Orwell de todo esto.


Con Rebelión en la granja se hizo famoso y hasta salió una nota de él en Vogue. La fama le trajo más pedidos de artículos para muchos diarios y revistas. Quizá aceptar todo este trabajo era una forma de no pensar en su mujer, fallecida en 1945. Escribió 130 reseñas y artículos en sólo un año. A pesar del trabajo, George Orwell no se encontraba bien. Su enfermedad en los pulmones lo mantenía débil. Fue en estas circunstancias que le ofrecieron alquilar una casa en una isla de Escocia, la isla de Jura, en las Hébridas. Era el refugio que había deseado conseguir tiempo atrás. La idea del escritor era criar a su hijo en un ambiente natural y soleado, además de que estando tan lejos, nadie podría molestarlo. Pero el objetivo más importante que lo había llevado a Jura, era escribir una novela. En agosto de 1946 empezó 1984. Ya hacía varios años que la novela daba vueltas en su cabeza. Pensaba llamarla "El último hombre de Europa", pero después se decidió por 1984. No parece errada, la suposición de que haya elegido un lugar tan remoto por miedo a una guerra nuclear. Orwell era una persona muy informada, y sabía que las potencias vencedoras tenían planes para desarrollar un arsenal nuclear. Puede que haya sentido el mismo temor a una conflagración atómica, que millones de personas sentirían en las décadas siguientes, ya avanzada la guerra fría. Así fue que, en su refugio de Jura, aquejado por la tuberculosis, en un pequeño y mal ventilado cuarto con vista al mar brumoso, iba imaginando que pasaría si se instalara en Inglaterra un régimen que controlara la verdad. Desde que estuvo en Cataluña, Orwell no dejó de prestarle atención al régimen soviético y principalmente a su líder José Stalin. Tenía presente la forma en que había accedido al poder, cómo había eliminado a sus rivales, y hasta la tremendas purgas que había hecho en las filas del partido comunista. Era consciente de la política internacional de la URSS con las otras potencias, y de cómo se habían desarrollado, disputándose territorios, influencias y recursos naturales. El mismo había sentido en carne propia la presión que ejerciera el régimen stalinista sobre la República Española. No se puede tachar a Orwell de paranoico por que temiera que algo así ocurriera con su país. Pero, cómo quien espera una tormenta, el leía signos en el aire. Un ejemplo por él citado es la diferencia de actitud que tuvieron los medios de comunicación con las hambrunas de los años treinta. Mostraban las de la India, y no las de Ucrania. El temía que se controlara la verdad, y en su novela 1984, como si se tratara de un moderno "Príncipe", explica cómo, un grupo puede mantenerse en el poder y no perderlo jamás. Este es el caso, en la ficción, del Partido, amo y señor de Oceanía, que junto con las otras dos grandes potencias, se reparten el Mundo. El Partido controla a la población mediante las "telepantallas", televisores que hay por doquier que no sólo emiten, sino que ven, como el "ojo blindado" que miraba mal a Luca Prodan. La guerra no terminó en 1945, sino que continúa, manteniendo la economía en estado de guerra y a la población aún bajo el racionamiento de alimentos. Winston Smith, trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su trabajo es completamente lo contrario al mantenimiento de la verdad. La borra y la reescribe. Si un general famoso cometiera un delito, se lo borraría de la Historia. Se buscarían los diarios en que aparecería su nombre y sería borrado. De los grandes libros como el Quijote, apenas se encuentran versiones reducidas hasta el extremo y los libros nuevos son escritos por máquinas. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que la gente común, apenas recuerda la vida antes del Partido, y si lo hace, sus recuerdos no concuerdan con la Historia oficial. "El que controla el pasado controla el futuro y el que controla el presente controla el pasado", reza un eslogan. Otro invento del Partido era la Neolengua. Orwell la describe como "el único idioma del mundo cuyo vocabulario disminuye cada año". Reduce la cantidad de alternativas disponibles para expresarse. Como le explicaba un hombre del Partido a Winston, las principales víctimas eran los verbos y los adjetivos, pero también los nombres. "Si tiene una palabra como "bueno", ¿qué necesidad hay de la contraria, "malo"? Nobueno sirve exactamente igual..." Si se quería decir excelente, espléndido, no había más que decir plusbueno o dobleplusbueno. Orwell, después de la guerra, se enteró de que Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, había hecho proyectos para implementar un neoalemán, muy semejante al de la ficción. "¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente?", le decía el funcionario a Winston. "Al final, acabaremos haciendo imposible todo crimen del pensamiento". Este crimen, o crimental, se solucionaba con otro artificio, el doblepensar. "Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente". Es, dice en la novela, "decir mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no convenga recordar". "En definitiva, gracias al doblepensar ha sido capaz el Partido -y seguirá siéndolo durante miles de años- de parar la Historia".


Las citas en las que habla Orwell han sido extraídas de George Orwell: Biografía, escrita por Michael Shelden y publicada por Emecé.








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