El taller de Jar II (Segunda época)

domingo, 26 de abril de 2009

La vida en cuadritos





En mayo del año pasado estuvieron de visita en Montevideo Comic dos hitorietistas de la península ibérica. El español Ángel de la Calle y el portugués José Carlos Fernandes.
Ambos dieron un par de charlas en la convención de cómics y Ángel dio un taller de historieta en el Centro Cultural de España, en la Ciudad Vieja.
Tuve la oportunidad de charlar con Ángel en Montevideo Comic, así como asistir a su taller.
De esas conversaciones y de un cuestionario que me contestó por mail armé esta entrevista.
El libro, Modotti: una mujer del siglo XX, se puede leer en la biblioteca del Centro Cultural España, en la Ciudad Vieja, en la calle Rincón, esquina Juan Carlos Gómez.





Viernes 24.04.2009 Montevideo, Uruguay


Cultural



Con el dibujante español Ángel de la Calle


Siguiendo a Tina Modotti



Daniel Veloso

ÁNGEL DE LA CALLE Hernández, historietista español, estuvo de visita en Uruguay el año pasado como artista invitado del evento Montevideo Comics. Allí dio a conocer su novela gráfica Modotti: Una mujer del siglo XX. Durante su estadía dictó un taller de historieta en el Centro Cultural de España, en el que hizo hincapié en el desarrollo mundial del cómic autobiográfico.
De la Calle nació en 1958 en Molinillo de la Sierra, provincia de Salamanca, aunque se considera asturiano, porque "un asturiano puede nacer donde quiera", según afirma. Formó parte de la generación de historietistas que vivió el auge del cómic en España con la vuelta a la democracia en 1977. Publicó sus historietas en revistas españolas como Rambla, Zona 84, Comix Internacional y El Víbora y en el extranjero las revistas Tung Metal, Fantastik y la Heavy Metal estadounidense. Durante la crisis de la industria del cómic en los años noventa abandonó el dibujo e instaló una empresa de diseño gráfico. Por diez largos años se mantuvo alejado de la historieta
hasta que, intrigado por la vida de la fotógrafa italiana Tina Modotti (1896-1942), se decidió a contar su historia. Viajó a Nueva York, Ciudad de México, París y Berlín siguiendo los pasos de la artista. Modotti, el libro que resultó de su experiencia, obtuvo el Premio de la Crítica a mejor obra en 2005, en el Salón del Cómic de Barcelona y en 2008 fue uno de los libros más vendidos en Italia.
Ángel vive en las afueras de Gijón, ciudad costera de Asturias, con su esposa Noeli y su hijo Sergio de siete años, en una casa "con un pequeño jardín", dice. "Al menos veo la calle. Cuando vivía en el centro había semanas que bajaba sólo los viernes para sacar la basura". En su casa tiene su estudio, donde dibuja y diseña sobre todo de día.
En 1973, dos años antes de la muerte de Franco, con apenas quince años de edad, militaba en la clandestinidad dibujando carteles y panfletos. Al poco tiempo empezó a dibujar en la revista Star "la revista madre del underground español", donde "fue un lujo que con 17 años mis dibujos fueran vistos en todo el país". De los autores que más impactaron en su formación menciona a Hugo Pratt, Carlos Giménez, Guido Crepax y Moebius.
Además del dibujo Ángel desarrolla otras actividades que compiten, como lo explica, con su vida familiar. Publicó durante 33 números la revista Dentro de la viñeta, especializada en la teoría del cómic. Organiza desde 1995 las Jornadas Internacionales del Cómic Villa de Avilés y desde 1988 la Semana Negra de Gijón un festival multicultural de los más importantes de Europa, con una asistencia de un millón de personas a lo largo de diez días. Durante los meses de mayo a julio "organizo, diseño y llevo adelante los libros que publicamos dentro de la Semana Negra, el periódico del festival A Quemarropa y la cartelería, además de continuar con mi tira cómica Mar y Mari y mi trabajo de diseño gráfico".




BUSCANDO A TINA. El libro sobre la fotógrafa italiana que emigró de muy joven a California, fue actriz de cine mudo y vivió en México entre artistas y revolucionarios, es también la historia de un período importante de su propia vida. Ángel había abandonado la historieta desde hacía diez años y eso lo tenía intranquilo. Según cuenta, de adolescente descubrió a Tina Modotti en las memorias de Pablo Neruda, de quien fue amiga. Años más tarde, la italiana fue noticia cuando la cantante Madonna pagó una importante suma por una fotografía suya. A partir de allí Ángel comenzó a investigar sobre Tina y su época.
Modotti, dibujada en blanco y negro, sigue los pasos de Tina por el México de los años veinte, junto a su compañero el fotógrafo Edward Weston. Desfilan entre sus páginas los pintores Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Frida Kahlo y el revolucionario nicaragüense César Augusto Sandino. Contiguamente, Ángel va narrando los avatares de su viaje de investigación, como la vez en que fue expulsado del famoso Chelsea Hotel de Nueva York, porque su amigo roncaba mucho, o su decepción al encontrar que en Ciudad de México las calles habían cambiado de nombre y los viejos edificios ya no existían. De Tina Modotti apenas encontró algunas "impresiones y unos pocos documentos", con los que intentó descifrar una vida llena de zonas oscuras.



A fines de la década del veinte, en México se refugiaban activistas revolucionarios de Nicaragua, Cuba y El Salvador. Al mismo tiempo, agentes de la Komintern que seguían las directrices de la URSS, empezaban a actuar en Centroamérica obstaculizando cualquier intento de revolución que entorpeciera sus propios planes. En ese contexto de intriga internacional, la historieta narra cómo Tina se convierte en amante de Julio Antonio Mella, fundador del Partido Comunista Cubano, que estaba siendo perseguido por el dictador Gerardo Machado. Una noche de invierno de 1929, cuando la pareja paseaba por la calle, Mella es asesinado. En sus declaraciones ante la policía Tina se contradice y es acusada de cómplice, al tiempo que la prensa lanza una campaña difamatoria en su contra. Apelando a su prestigio, Diego Rivera consigue que la liberen pero no evita que la expulsen del país. Refugiada en Berlín, Modotti sacará sus últimas fotos antes de abandonar definitivamente la fotografía.
Ángel cuenta que esa decisión le había intrigado, en parte porque él había hecho lo mismo. Hasta que una noche, "desperté en mi cama con la mujer que amaba a mi lado y me pregunté: si lo tengo todo, ¿por qué no soy feliz? Y no lo era porque llevaba diez años sin hacer cómics. Pensé que si lograba responder por qué Tina pasó los últimos diez años de su vida sin tomar una cámara, sabría por qué yo llevaba el mismo tiempo sin hacer cómics". Para obtener esa respuesta fue que hizo su libro.


Ángel de la Calle y José Carlos Fernandes, en la plaza Libertad, frente al ex cine Plaza, donde se hizo Montevideo Comic en mayo de 2008.


EL OTRO MONTEVIDEO. Ángel aprovechó su estadía en Montevideo para ubicar la casa del poeta Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont. A pesar de la emoción del hallazgo, le sorprendió que la casa no tuviera ni una placa que recordara a los vecinos de Ciudad Vieja, que allí había nacido uno de los "fundadores de la modernidad escrita", dijo.Ante la pregunta de qué le parecieron los historietistas uruguayos, dijo: "como en casi todas partes, somos barquitos de papel en mitad de la tormenta y en el centro del océano". Ángel piensa que en más de cien años de la historia del cómic, éste ha estado centrado en la "narrativa infantil-juvenil", por lo que en Uruguay los nuevos creadores "llegan de una tradición y tratan de continuarla". Afirma que "eso es lo que tenemos que cambiar, o nos moriremos como género narrativo".
Durante sus charlas De la Calle abogó por un cómic autobiográfico, diciendo que le hubiera gustado encontrarse con historietas que le contaran cómo vivían los jóvenes en Montevideo.
El cómic autobiográfico es visto por él "como un acercamiento a la realidad social". Explica que la narrativa social "y por lo tanto adulta, siempre busca lugares donde proyectarse", como en su momento lo fue el género negro o la ciencia ficción. "Cuando puede utiliza la autoficción, que es una forma actual y creíble para contar", afirma. "Si quieres interesar a alguien que tiene a su alcance todo tipo de entretenimiento, tendrás que atraerlo con algo que no haya visto al menos cien veces ya", argumenta. "Me parece que en el cómic lo más desconocido que existe no son los guerreros con grandes hachas, ni los vaqueros que disparan más rápido que su sombra. Lo que se ha visto poco son las inquietudes humanas, la gente real y las aventuras que les ocurren cada día, contadas con pericia, intensidad y gracia. Al final es volver interesante lo cercano", comenta.


Actualmente Ángel de la Calle está dibujando un nuevo álbum titulado Flores del Mal ambientado en Latinoamérica en los años setenta. En cuanto a Uruguay, su intención es poder publicar Modotti aquí y hacer una muestra con los dibujos del libro. También explica que le gustaría volver de visita "para buscar más libros de Felisberto Hernández, recorrer el Mercado del Puerto, la calle 18 de Julio, la Rambla y escuchar a Daniel Viglietti".



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jueves, 16 de abril de 2009

Fantaciencia!!!






Este es uno de mis primeros y sufridos artículos publicados en el Cultural. La idea me la propuso mi amigo Marcos Baudean cuando caminábamos hacia su casa, volviendo quizá de la feria de Tristán Narvaja, por una de esas calles que tienen nombre de etnia indígena, no sé si Charrúa o ChanáMarcos me dijo: ¿por qué no escribís sobre el viaje al Centro de la Tierra?. De hecho me regaló el libro de Verne
Tiempo después encontré en otra feria, la de Piedras Blancas, sucio y mojado, tirado entre mil objetos inútiles, un ejemplar de Plutonia, del ruso Obruchev
Ya estaba. Con esos dos libros me alcanzaba y me sobraba para la nota, que sin embargo costó escribirla y más publicarla. Fue una época en que meter una nota en el suplemento era un triunfo.
La moraleja es que para empezar a escribir un artículo bien valen los consejos de los amigos.

Salute.






País Cultural

Viernes 03.09.2004 Montevideo, Uruguay



De Julio Verne a Vladimir Obruchev





Aventuras subterráneas




Daniel Veloso


PARA imaginar un mundo con un interior hueco, primero es necesario imaginar un mundo esférico. Algunos pensadores griegos ya manejaban la noción de que la Tierra era redonda y de que giraba en torno al sol. Y muchos de aquellos que creyeron en una Tierra esférica, también pensaron que su interior era hueco. El filósofo romano Séneca escribió que en el interior de la Tierra se encontraba una gran caverna de la cual manaba el agua que alimentaba a los ríos. Otros optaban por ubicar en lo profundo a los infiernos, como el de Dante, el reino del dios griego Plutón, o el más popular, hogar del Demonio, repleto de fuego, azufre y almas en pena. Algunos más atentos, observaron que de las profundidades salía la lava que vomitaban los volcanes. Al parecer el interior de la Tierra estaría muy caliente, pero solamente un héroe intentaría bajar allí.





MITO RECURRENTE. Varios personajes y héroes de la literatura han descendido a las entrañas del planeta. Hércules, Orfeo y Ulises descendieron, pero siempre de visita. Para encontrar relatos en que el objetivo de un viaje fantástico sea la exploración, es decir, la búsqueda para averiguar que hay más allá, se debe llegar hasta el siglo XVII. El astrónomo Johannes Kepler escribió Somnium Astronomicum, alrededor de 1610, en el que unos personajes viajan a la Luna y observan a la Tierra girar en el espacio. Décadas más tarde, Cyrano De Bergerac, escritor y espadachín francés, escribirá Viaje a la Luna y a los estados del Sol, una de las primeras novelas de ciencia ficción. Ya en el siglo XIX, Julio Verne, reconocido como padre de este género, utilizó todos los nuevos campos de exploración posibles para sus novelas. La Luna, la atmósfera y las profundidades fueron visitadas por sus héroes y sus asombrosas máquinas. A partir de él, no hubo escritor fantástico que no se inspirara en sus libros. Hay varios relatos de cómo es el núcleo terrestre: Fowler Wright escribió su alucinante Mundo Subterráneo; el ruso Vladimir Obruchev, Plutonia; Edgard Rice Burroughs, el autor de Tarzán, crearía también su propia Aventura en el Centro de la Tierra y H.P. Lovecraft arrastraría a un atormentado personaje por un mundo oscuro lleno de seres fantásticos, en Viajes al otro mundo.




DE BALSAS Y DINOSAURIOS. Si hubiera sido real el viaje al centro de la tierra que relata Verne, tendría que ser catalogado como el más apasionante y valiente de cuantos hubo en los años de exploración. Comparable a la búsqueda de las fuentes del Nilo, a la travesía de la balsa Kon Tiki, o a la carrera por el Polo Sur, entre muchas otras aventuras reales. Este viaje a las profundidades sólo podría ser emprendido por un loco, pero no es un loco quien lo lleva a cabo, sino el profesor Lidenbrock. De carácter irascible y terco como una mula, se propone lo imposible, contraviniendo todos los conocimientos de su época, descenderá a través de la corteza terrestre hasta el centro del globo. Lo hará a través de la chimenea de un volcán apagado en Islandia. Consigo llevará a su joven sobrino Alex, que no muy convencido, es el personaje incrédulo de que tal hazaña sea posible, haciendo las preguntas que el lector escéptico se hace. Si al descender por debajo del nivel del mar, aumenta la presión, llegaría un punto en que los viajeros quedarían aplastados.




Julio Verne


Pero el profesor Lidenbrock desciende decenas de kilómetros sin ningún problema. Alex intrigado, le pregunta por qué no aumenta la temperatura a medida que bajan dentro de la corteza terrestre. El profesor simplemente contesta que "los hechos" —que sólo haya 26 grados en vez de 1500—, "como tienen por costumbre, hechan abajo las teorías". Descendiendo sin parar durante dos meses y sin que se les acabe el alimento, ayudados por Hans su guía islandés, personaje casi mudo, llegan a un mar subterráneo en cuyas costas crece una selva prehistórica. Animados por tal descubrimiento, que los situaría entre lo más glorioso de la comunidad científica internacional, construyen una balsa y se lanzan a ese mar que según sus cálculos, estaría debajo del Mediterráneo. Decididos a cruzarlo, casi son hundidos por dos dinosaurios acuáticos enfrentados en una lucha a muerte. A esta altura del libro el lector se preguntará cómo harán para regresar. Se les acaban las provisiones y no han recorrido ni la mitad del trayecto. Pero Verne les tiene una salida espectacular, al mejor estilo "patoaventuras" de Disney, donde la balsa ascenderá sobre una columna de lava de un volcán. Julio Verne trataba de estar al tanto de las últimas novedades científicas, así como de las últimas conjeturas sobre el horizonte de descubrimientos que se abría por esos años de fines del siglo XIX. Por eso no perdía la oportunidad de lanzar atrevidas ideas y soluciones a problemas no resueltos. Recién Alfred Wegener, en 1915, escribiría su famoso libro sobre la deriva de los continentes, en el que describe la corteza terrestre formada por placas tectónicas, que flotan sobre un océano de roca fundida. Para ese entonces, Viaje al centro de la Tierra, pese a sus explicaciones erradas, ya era un éxito perdurable.






HORMIGAS GIGANTES. A mediados de la década de los años veinte, otro escritor, esta vez ruso, enviaría a sus personajes en un viaje insólito hacia el centro de la Tierra. El libro, de nombre Plutonia, escrito en 1924, es la obra del geólogo Vladimir Afanásievich Obruchev, nacido en 1863 y fallecido en 1956. Obruchev es un autor muy popular en Rusia. Lo curioso es que siendo geólogo y sabiendo la imposibilidad de que los humanos desciendan hasta las profundidades de la Tierra, confeccionó una historia verosímil en que unos exploradores árticos encuentran un orificio en la corteza terrestre, que les permite encontrar un mundo subterráneo. Obruchev describe un planeta Tierra hueco, con un pequeño sol rojo en su centro que calienta un mundo prehistórico donde se reparten como en un "Parque Jurásico" las distintas eras. Tras desembarcar en una isla del Océano Artico, los exploradores rusos encuentran una depresión que los lleva bajo el nivel del mar. Enorme es su sorpresa cuando el hielo deja paso a la vegetación de la tundra, y en ella, mamuts y rinocerontes lanudos. Como en los años veinte no estaba de moda la sensibilidad ecológica, lo primero que hacen al ver un mamut es dispararle un escopetazo. A medida que descienden el clima cambia y la vegetación se hace selvática. Es el sueño del zoólogo de la expedición. Es un mundo peligroso y salvaje donde los científicos tendrán que enfrentarse a pterodáctilos y hormigas gigantes y hasta la erupción de un volcán, descrita con lujo de detalles geológicos. En la narración de Verne, sus exploradores apenas tuvieron tiempo para entablar contacto con hombres primitivos. Tiempo que Obruchev se da, al permitir que dos rusos sean capturados por una tribu de hombres de Neanderthal. Es que Obruchev se crió leyendo las aventuras del francés, que le causaron "honda impresión". "Mentalmente mis hermanos y yo atravesábamos los hielos del Artico, ascendíamos a altas montañas, bajábamos a la profundidad de los océanos, íbamos a la caza de elefantes, de leones y de tigres", escribió. Estas lecturas lo lanzaron a llevar una vida aventurera como geólogo, al servicio de la expansión por Asia Central del Imperio Ruso, recorriendo Siberia y las estepas de Mongolia.




Vladimir A. Obruchev


EL VIAJE IMPOSIBLE. Muchos viajes logrados por el Hombre, fueron en su momento calificados de imposibles. Se ha llegado a la Luna y al fondo de los abismos. Pero las dificultades que ofrece el núcleo del planeta son apabullantes. Para plantearse su meta, el profesor Lidenbrock, primero tendría que tomar en cuenta ciertos datos objetivos. Debajo de la corteza terrestre, la delgada capa sólida de la Tierra, se halla el Manto, compuesto por roca fundida de 750 kilómetros de profundidad. El profesor tendría que soportar temperaturas altísimas y una presión 250 veces mayor que a nivel del mar. Después tendría que atravesar la sección líquida del núcleo, para llegar al núcleo sólido, de hierro y níquel. La forma más segura es estudiarlo a través de las ondas sísmicas que producen los terremotos. Cuando atraviesan el núcleo, estas son perturbadas, permitiéndole a los sismólogos deducir que la parte líquida está compuesta por capas y que el núcleo de hierro gira un poco más rápido que el planeta. Conociendo al Profesor Lidenbrock, este método sería cosa de cobardes. Sin embargo, llegar hasta el núcleo en una nave, o enviar una sonda, deberá enfrentar problemas como la refrigeración del vehículo, o cómo soportar las inmensas presiones. Esas soluciones las tendrán que imaginar los nuevos herederos de Obruchev y Verne.



En este blog se puede leer Plutonia:

http://www.librosmaravillosos.com/plutonia/index.html








martes, 31 de marzo de 2009

Hélices!!!



Viernes 27.03.2009, Montevideo, Uruguay

El País Cultural


Autobiografía de James D. Watson




El secreto de la vida








Daniel Veloso

EVITE ABURRIR GENTE o Evite a la gente aburrida podría ser la traducción del título de la autobiografía de James D. Watson, premio Nobel en Fisiología o Medicina de 1962 -junto a los británicos Francis Crick y Maurice Wilkins- por establecer la estructura de doble hélice de la molécula de ADN. También es el principal consejo que este científico estadounidense le da a sus lectores. En el libro Avoid Boring People (Evite aburrir gente y otras lecciones de una vida desde la ciencia) publicado por Oxford University Press en 2007, el investigador concluye cada capítulo con las lecciones que ha ido recopilando a través de sus 81 años. Son sus consejos "en forma de recuerdos de las estrategias desplegadas para navegar por los mundos de la ciencia y el mundo académico".
Watson es una celebridad de la ciencia, que se presenta en los medios como un polémico, bromista y apasionado divulgador que no tiene reparos en dar su opinión, incluso sobre muchos de sus colegas a los que ha llamado "fósiles" y "dinosaurios". Criticado por su falta de tacto, Watson responde que si se preocupara por no ser grosero "no podría ser sincero", añadiendo que siente "un gran alivio cuando alguien dice lo que piensa".



Sus críticos también destacan su "caradurismo", que le llevó a descubrir en 1953, con sólo 24 años, junto a Francis Crick (1916-2004), la estructura helicoidal de la molécula de ADN. Crick sintetizaría el hallazgo diciendo que habían encontrado "el secreto de la vida". Esto remite a la capacidad del ADN (ácido desoxirribonucleico) para almacenar la información hereditaria que se transmite de una generación a otra.
Sin embargo su logro se vio empañado por el hecho de que tuvieron acceso y sin autorización, a un informe inédito de Rosalind Franklin, una científica británica que estudiando la molécula de ADN con rayos X había obtenido la primera imagen de la doble hélice. Esta fue la prueba que necesitaban para poder completar el modelo de la molécula. El trabajo, publicado en la revista Nature, atrajo sobre ellos la mirada de toda la comunidad científica.
En 1968 Watson volverá a escena con su divertido libro La doble hélice, donde cuenta los entretelones del descubrimiento. Desde su publicación, ha trascendido la relación tirante que había con Francis Crick. A pesar de hablar con respeto sobre él, diciendo que éste lo trataba "como un hermano menor" y que incluso hasta lo regañaba, Watson no se cuidó de criticarlo. Según Watson, Crick estaba interesado sólo en su tesis, ocupándose del ADN después del reconocimiento. Incluso relata que el jefe de Crick lo comparó con un "barco que no va a ninguna parte".




Crick y Watson


A partir de los años ochenta Watson fue una de las figuras encargadas de impulsar el Proyecto Genoma Humano, que consiguió en 2003, dos años antes de lo previsto, decodificar el código genético. Watson cree que esta herramienta servirá para encontrar una cura contra el cáncer y es en esta línea de investigación en la que actualmente trabaja. "Quiero cambiar el mundo a mis ochenta".
Pero sus declaraciones polémicas siguen acarreándole problemas. En octubre de 2007, el Sunday Times de Londres publicó una entrevista en la que Watson dijo que los africanos son menos inteligentes que los occidentales. Esto le trajo una avalancha de críticas, tanto de organizaciones por los Derechos Humanos como de científicos que lo desautorizaron. Incluso fue suspendido por el Laboratorio de Cold Spring Harbor que presidía desde 1968. Watson presentó su renuncia y pidió disculpas, diciendo que no quiso decir que África es "genéticamente inferior" y reconoció que no hay ninguna base científica que sustente tal afirmación.




APRENDIENDO LAS LECCIONES.
Pero esta imagen de científico inescrupuloso es más bien un producto mediático. Para contrarrestar, en su autobiografía hace hincapié en su educación familiar, mostrándose como una persona criada en un hogar con valores. Su padre era de tendencia socialista y su madre militante del partido demócrata. Watson recuerda el apoyo de su familia a Franklin Roosevelt cuando enfrentó la crisis de los años treinta. También menciona la desazón de su padre ante el avance del fascismo en Europa.
Su pasión por la biología nacería con la observación de aves, afición compartida con el padre. Estudiante precoz, con quince años ingresó a la Universidad de Chicago y de allí pasó a la de Indiana, que por esos años llevaba adelante una política de captación de científicos en el área de la biología molecular. Uno de ellos, el químico estadounidense Thomas H. Morgan, fue premio Nobel de 1933 por demostrar que los cromosomas son portadores de los genes. Además de asistir a sus clases, Watson se vio favorecido por los cursos de Salvador Luria, un joven biólogo italiano, y de Max Dellbrück, un brillante profesor alemán que abandonó la astronomía por la genética. Ambos estudiaban los virus bacteriófagos o fagos, que inoculan su ADN dentro de una bacteria, poniendo a toda su maquinaria celular a producir réplicas del virus. En sólo 24 horas la bacteria estalla liberando 200 nuevos virus. Luria y Dellbrück, premiados con el Nobel en 1969, formaron un grupo de genetistas conocido como el Phage Group (grupo fago). En 1947 Watson escoge a Luria, de 35 años, como tutor de su tesis de doctorado. Una de las lecciones que expondrá en su libro será justamente: "Elija un tutor de tesis joven". Watson explica que "si usted trabaja para alguien joven, va a recibir más atención y va a ser de los primeros en doctorarse en una nueva área de conocimiento".
Max Dellbrück por su parte, era "el héroe" del libro ¿Qué es la vida? de 1944, escrito por el físico austriaco Erwin Schrödinger. El libro tuvo gran influencia sobre Watson y sobre muchos físicos como Crick y Wilkins que cambiaron su vocación hacia la biología, sobre todo por la pregunta que se hacía Schrödinger de cómo se copia un gen.
En 1948 Watson viajó a Long Island, Nueva York, a los talleres de verano del Laboratorio de Cold Spring Harbor, donde en un ambiente relajado se consolidaría la siguiente generación de biólogos moleculares. La lección "trabaje los domingos", hace mención a las calurosas tardes de verano que pasaba en el laboratorio, lo que sugiere que el camino hacia su descubrimiento no fue sólo suerte. Otro hecho decisivo fue asistir en Italia a la conferencia del químico Maurice Wilkins sobre la difracción de rayos X de las moléculas de ADN. Watson estaba tras la pista.






ESCALERA AL CIELO. En 1951 el químico Linus Pauling demostró que algunas proteínas, como el colágeno, están dispuestas en hélices. Ese año Watson consigue una beca en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, donde conoce a Francis Crick, con quien decide trabajar sobre el ADN. Pronto comienzan a compartir información con Maurice Wilkins. Pero un hecho inesperado haría peligrar su proyecto. Cambridge había contratado a Rosalind Franklin, una experta cristalógrafa para que se encargara de los experimentos sobre el ADN. Como ella estaba a cargo del laboratorio, según Watson, "le bloqueó el acceso" a Wilkins. A pesar de ello, Wilkins, quien era jefe de Rosalind, enseñó a Watson, "impulsivamente" y sin autorización, una radiografía en la que se veían los patrones de difracción producidas por la hélice de la molécula. Con estos datos, Crick y Watson construyeron un modelo de cartón y aluminio, pero las piezas no encajaban. La propia Franklin, en un gesto ingenuo o tal vez generoso, vio el modelo y opinó que las dos cadenas de azúcares y fosfatos se encontraban por fuera de la molécula y no en el interior. Ellos lo aplicaron al modelo y dieron con la solución. El resultado se asemejaba a una escalera de caracol formada por dos hebras de azúcar-fosfato, donde cuatro bases unidas en pares, la adenina con la timina y la guanina con la citosina, formaban los "escalones". A su vez, la forma de doble hélice explicaba cómo la molécula de ADN al desenrollarse podía crear una copia de sí misma. Más adelante el astrofísico George Gamow que había migrado a la biología molecular, les propondría que en la secuencia de las bases (A-T y G-C) se encontraba el código genético.



En 1962, cuando se les otorgó el Nobel a Watson, Crick y a Wilkins, Rosalind Franklin fue la gran ausente. Había muerto en 1958 por un cáncer de ovario. A pesar de que en un inicio Watson se burló describiéndola "como poco femenina", luego reconoció que su trabajo fue excelente aún teniendo en contra la discriminación de sus colegas varones.
Pero la lección más importante que James Watson revela en su libro, es que los grandes descubrimientos científicos son el producto de la suma del esfuerzo de una multitud de investigadores, más que de los méritos individuales.


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sábado, 14 de marzo de 2009

Orwell recargado.





George Orwell y la Libertad de Prensa



El derecho de decir
lo que no se quiere oír






"Si la libertad significa algo, es el derecho de decir lo que no se quiere oír"



Cuando se menciona el nombre de George Orwell, para aquellos que lo conocen, surge el escritor que escribió la novela 1984. Ese mundo oprimido, donde no es posible hablar ni pensar con libertad, que temió se convirtiera en realidad. También se lo conoce por ser el escritor de Rebelión en la granja, una fábula en la que los animales deciden revelarse a los humanos y administrarse ellos mismos. Tal vez se sepa que luchó en la guerra civil española, en el bando republicano. Pero estos hechos, no son más que puntos que confeccionan la constelación, el dibujo de lo que fue Eric Arthur Blair, más conocido como George Orwell.


En 1936, George Orwell vivía felizmente con su esposa Eileen en el pequeño pueblo inglés de Wallington. Deseaba vivir lejos del ruido de Londres, poder plantar verduras y árboles frutales, y escribir tranquilo su libro. Wallington era tan modesto que tenía tan sólo una iglesia y dos bares, pero ningún almacén. Así que decidió poner uno en su casa. Los clientes más frecuentes eran los niños, que le compraban caramelos. Tenía la tranquilidad que quería para escribir El camino de Wigan Pier, un libro que relataba su viaje de investigación al norte industrial de Inglaterra, donde había constatado la triste realidad de la gente de esos pueblos y ciudades. Orwell se hospedó en las humildes pensiones de aldeas como Wigan, entrevistó a mineros y jubilados, les preguntó sobre sus sueldos y sus pensiones. Tomó nota de sus viviendas y de su alimentación. Con todo ello escribió un libro duro y directo, en el que critica las políticas gubernamentales y municipales y también la inoperancia de los partidos de izquierda para dar una solución a estas personas. Este libro se convertiría en un buen éxito de ventas, le haría conocido y le traería una lluvia de halagos y de críticas. Pero Orwell no estaría en Inglaterra para recibirlas. Entusiasmado con la pelea que la República Española ofrecía a la insurrección de Franco, había dejado su casa y su huerta, y se había marchado a España. Tal vez a luchar, no lo sabía, pero sí con la idea de escribir un libro sobre la guerra. Llega a Barcelona a fines de diciembre de 1936, y se alista en la milicia del POUM, siglas del Partido Obrero de Unificación Marxista. En seguida comprueba las desigualdades que había en uno y en otro bando. Mientras que el bando insurgente tenía el apoyo de armas y hombres de las potencias fascistas de Hitler y Mussolini, las milicias compuestas por trabajadores apenas tenían viejos fusiles mauser. Orwell había tenido en su juventud, entrenamiento militar, además de haber sido policía en Birmania en los años veinte, por lo que pronto sería ascendido a cabo. Enviado al frente de Huesca, en Aragón, experimentaría el tedio de la guerra de trincheras. Mientras pasaban las semanas, casi sin enfrentamientos, escribía. En los primeros días de Mayo de 1937, viaja a Barcelona a ver a su mujer Eileen, que vivía allí desde Febrero. Pero no pudo descansar demasiado. El gobierno de la república, dominado por el Partido Comunista, planeaba eliminar las milicias de los partidos pequeños como el POUM. Se ordenó a la guardia civil, desalojar a los anarquistas de la CNT que ocupaban la central de teléfonos de Barcelona desde el inicio de la guerra. Estos se resistieron, lo que derivó en que varios grupos se enfrentaran en las calles de la ciudad durante días. Orwell y su brigada, compuesta por varios ingleses, se ofreció a ayudar. Los dirigentes del POUM, que intentaban tranquilizar las cosas, los enviaron a la azotea de un cine, a proteger la calle donde estaba la sede. Enfadado, más tarde escribiría; "Yo había estado 115 días en el frente y había ido a Barcelona deseoso de tener un poco de descanso y tranquilidad; y por el contrario, tenía que pasar los días en un tejado ante guardias de asalto tan aburridos como yo, que cada tanto me saludaban y me aseguraban que eran "trabajadores", con lo que querían decir que esperaban que yo no les disparase, pero que con toda seguridad abrirían fuego si recibían la orden de hacerlo". Lentamente la confusión fue disipándose, y Orwell, que había viajado con la esperanza de enrolarse en las brigadas internacionales, dirigidas por los comunistas, volvió al frente, a su vieja brigada, muy decepcionado con las intenciones del gobierno. El veinte de mayo, antes del amanecer, George Orwell se levanta para relevar al guardia en la trinchera. Temerario como era habitual en él, se exhibe al fuego enemigo. Recortada su figura contra los colores del amanecer, un francotirador le dispara, atravesándole la garganta. Herido, en el suelo, piensa que es el fin. Está furioso, no desea abandonar esta vida, y a su esposa. Sus compañeros lo llevan en una camilla a los saltos, y al pasar debajo de unos álamos del camino, piensa que la vida vale la pena. Se recuperará más tarde, quedándole como secuela la voz rasposa. Internado en un hospital de Barcelona, se encontrará con su esposa que le trae malas nuevas. El POUM ha sido declarado ilegal y se le acusa injustamente de fascista. Sus vidas corren peligro y deben huir de España.




Luchar por la libertad

Haciéndose pasar por turistas ingleses, pese a lo gastado de sus ropas, huyen en tren por la frontera el 23 de junio de 1937. Sus nombres están en la lista de los perseguidos, por lo que los últimos días en Barcelona han sido una pesadilla. "Empezamos como heroicos defensores de la democracia y terminamos escabulléndonos a través de la frontera con la policía a nuestras espaldas", le escribiría en una carta a un amigo. A salvo, del lado francés, se hospedan en un pequeño puerto de pescadores. El tiempo es malo y el humor no es mejor. Orwell no pierde un instante y comienza a escribir un artículo, de título "Yo fui testigo en Barcelona" para el diario New Statesman. El diario lo rechazaría, argumentando que sería poco conveniente para los intereses de la República. En el artículo Orwell explica los acontecimientos políticos que llevaron al gobierno español a declarar ilegal al POUM y la represión brutal que sufrieron sus miembros. También denuncia la injerencia de la Unión Soviética en la política de la República a cambio de ayuda militar. Una de las condiciones impuestas por el gobierno de Stalin era formar un ejército popular para hacerle frente al ejército franquista. Las instrucciones exigían eliminar las milicias populares, compuestas por partidos pequeños como el POUM o por sindicatos como la CNT. En esos años los anarquistas contaban con muchos partidarios, sobre todo en Cataluña. El gobierno de la República decidió entonces no enfrentarse con los anarquistas, y optó por atacar al más minoritario POUM. Alguna prensa se encargó de difamarlo, acusando a sus integrantes de ser espías de Franco. En las calles de Barcelona se pegaron carteles en los que se veía un demonio nazi oculto detrás de una máscara con la palabra POUM. "¡Fuera la careta!", decía el cartel. Esta campaña terminaría con la supresión del partido y con el encarcelamiento de sus miembros. Su líder, Andrés Nin, sería arrestado y más tarde fusilado sin mediar ningún tipo de juicio. Orwell comprendía bastante bien la situación política en la que se encontraba a pesar de la confusión de hechos. En un documental sobre Orwell, hecho en los años ochenta, un viejo dirigente del POUM de aquellos años, contaba que no sabiendo que hacer con esos ingleses bien intencionados, los enviaron a una azotea a cuidar la calle. Puede que para un inglés fuera demasiado complicado entender la apasionada forma de hacer política de los mediterráneos, pero no para el escritor. Escribió varios artículos y críticas de libros sobre la guerra civil española, pero muchos fueron rechazados. Los editores se excusaban, diciéndole que sus denuncias atentarían contra la unidad de la República Española, ya que lo prioritario era ganar la guerra. Orwell no disentía en este punto. Compartía la opinión de que era indispensable ganar la guerra al fascismo. Pero a pesar de que se le criticaba de no tener sentido práctico y sólo ver el lado ético, Orwell no desistió de denunciar el atropello. El New Statesman, en compensación, le ofreció escribir la reseña de un libro sobre la guerra en España, la Cabina española, de Franz Borkenau. Orwell aceptó, pero volvió a la carga, y escribió llanamente sobre diarios censurados, policías políticas, espionaje, y dijo que aquella atmósfera de la que había escapado era un infierno. Demasiado para el editor que lo volvió a rechazar, aunque le pagó la nota. El escritor no aceptó el dinero, en cambio consiguió publicarla en la revista Time and Tide. En la tranquilidad de Wallinton, terminó de escribir Homenaje a Catalonia, el libro en que cuenta sus experiencias en la guerra. Actualmente es considerado el mejor relato sobre la guerra civil, pero en su momento vendió muy pocos ejemplares. Tal vez se debió a problemas de distribución, ya que antes de que escribiera una sóla página, su editor, Víctor Gollancz, se negó a publicarlo. Gollancz era de la idea de que no había que dividir a las fuerzas de la República, y de preservar el apoyo de los ingleses para con España. Orwell intentaría romper con el editor, pero un contrato por varios libros más le ligaba. Años más tarde, cuando durante la Segunda Guerra Mundial, Gollancz rechazó Rebelión en la Granja, Orwell, íntimamente, se sintió satisfecho.



Granja de animales

En 1942 Orwell trabaja como periodista en la revista Tribune. También conduce y produce un programa de radio en la BBC. Sus oyentes son lejanos y poquísimos hindúes que entienden inglés. La guerra, en toda su intensidad, también actúa sobre Orwell y su salud. El racionamiento de alimentos y de carbón, le hacen pasar un invierno crudísimo en las peores condiciones. Mientras Londres era bombardeada, él no se escondía en los refugios, decía que era más fácil sobrevivir en la calle. A pesar de las penurias, decide con su esposa Eileen, adoptar un bebé al que llamaron Richard Horatio Blair. Orwell disfrutaba enormemente estar con su hijo. En este contexto, un nuevo libro tomaba forma. Era distinto a los anteriores. Este era una fábula, en la que los animales de una granja se revelaban contra sus dueños, y tomaban el control de la misma. Pero también una sátira, en la que describía como era traicionada la revolución original por la ambición personal. En el relato, los animales se organizan y deciden llevar adelante la granja. Los cerdos, los más inteligentes, que sabían leer y escribir, toman el liderazgo. Pero pronto surge la rivalidad entre el cerdo Copo de nieve y el cerdo Napoleón. Se ha querido ver en uno a Trotsky y en el otro Stalin. Napoleón inicia una campaña de desprestigio y consigue culpar de traición a copo de nieve, que consigue huir con vida de la granja. Ahora en la granja gobierna Napoleón, aunque dice ser uno más de los animales. A partir de ese momento, los cerdos vivirán en la casa del granjero, y se valdrán del engaño para obtener privilegios. La leche, el azúcar y hasta el alcohol serán para los chanchos. El libro, escrito a mitad de la guerra, no pudo publicarse hasta que esta terminara. Pasó por las manos de varios editores sin que ninguno se atreviera a publicarlo, y hasta uno de ellos se lo enseñó a un funcionario del Ministerio de información. Podía ser un escándalo. No debía ser ofendido el aliado ruso que tanta ayuda le brindaba a la Inglaterra sitiada. Tendrá que terminar la guerra para que el libro sea publicado. En la introducción que escribió, que no fue publicada en su primera edición y que estuvo perdida durante décadas, Orwell critica duramente, cómo periodistas y editores, sin ser presionados por el gobierno inglés, se autocensuraban. "... el peligro principal para la libertad de pensamiento y expresión en este momento, no es la interferencia directa del Ministerio de Información. Si las editoriales y los editores se esfuerzan porque determinados temas no sean impresos, no es porque tengan temor a un proceso legal sino porque tienen miedo de la opinión pública. En este país la cobardía intelectual es el peor enemigo al que tiene que enfrentarse un escritor o un periodista y, en mi opinión, este hecho no ha sido discutido como se merece". La censura de guerra, explicaba, había sido tolerante con las opiniones de la minoría, y hasta había aceptado algunos excesos. Por esta razón era irritante que la mayoría de la censura fuera voluntaria. Era un enfrentamiento con el sentido común imperante, un enfrentamiento en el que era difícil ganar. Cualquier crítica que se hiciera contra la Unión Soviética era rechazada. Sin embargo, explica, no ocurría lo mismo si se criticaba, y muy duramente, al primer ministro Winston Churchill en los diarios locales. El tema en cuestión, escribe, es "¿Merece que se escuche cualquier opinión, por impopular o tonta que sea?". La respuesta de todo intelectual inglés será sí, dice, pero si la pregunta se refiere a si se puede criticar a Stalin, la respuesta de los mismos intelectuales será no. Esta disputa que vivió George Orwell hace sesenta años, puede parecer como desempolvar viejas momias; polémicas que parecen superadas al desaparecer sus interlocutores y su mundo. Tal vez no sea tan así. Orwell en este prefacio, que hubiera perjudicado el éxito literario de Rebelión en la Granja, al enfocar la crítica sobre el régimen de Stalin, en vez de contra todos los totalitarismos, exige mayor madurez y honestidad intelectual. "Si tuviera que escoger un texto para justificarme", escribe, "escogería una línea escrita por Milton: "Por las reglas conocidas de la antigua libertad".


La ignorancia es la fuerza.

Durante uno de los programas de t.v. conocidos como "Gran Hermano", un telespectador preguntó si el vencedor del juego sería el que fuera como un gran hermano para los demás participantes. Uno de los panelistas, al parecer un poco más informado que los demás, le explicó brevemente que el nombre de Gran Hermano, era invención de un escritor llamado George Orwell, y que era la encarnación de un poder total, que observaba y controlaba a todas las personas. Pero no quedó claro. El concepto de control y de observar la intimidad de los individuos sin ser visto, está presente en la audiencia que mira a los participantes a través de sus pantallas. La producción del programa para nada hizo hincapié en que se relacionara su programa, inocente, con el libro, y menos con su contenido. No quedaba claro si el Big Brother era el público en su conjunto, el programa o la televisión en abstracto. Qué pensaría Orwell de todo esto.


Con Rebelión en la granja se hizo famoso y hasta salió una nota de él en Vogue. La fama le trajo más pedidos de artículos para muchos diarios y revistas. Quizá aceptar todo este trabajo era una forma de no pensar en su mujer, fallecida en 1945. Escribió 130 reseñas y artículos en sólo un año. A pesar del trabajo, George Orwell no se encontraba bien. Su enfermedad en los pulmones lo mantenía débil. Fue en estas circunstancias que le ofrecieron alquilar una casa en una isla de Escocia, la isla de Jura, en las Hébridas. Era el refugio que había deseado conseguir tiempo atrás. La idea del escritor era criar a su hijo en un ambiente natural y soleado, además de que estando tan lejos, nadie podría molestarlo. Pero el objetivo más importante que lo había llevado a Jura, era escribir una novela. En agosto de 1946 empezó 1984. Ya hacía varios años que la novela daba vueltas en su cabeza. Pensaba llamarla "El último hombre de Europa", pero después se decidió por 1984. No parece errada, la suposición de que haya elegido un lugar tan remoto por miedo a una guerra nuclear. Orwell era una persona muy informada, y sabía que las potencias vencedoras tenían planes para desarrollar un arsenal nuclear. Puede que haya sentido el mismo temor a una conflagración atómica, que millones de personas sentirían en las décadas siguientes, ya avanzada la guerra fría. Así fue que, en su refugio de Jura, aquejado por la tuberculosis, en un pequeño y mal ventilado cuarto con vista al mar brumoso, iba imaginando que pasaría si se instalara en Inglaterra un régimen que controlara la verdad. Desde que estuvo en Cataluña, Orwell no dejó de prestarle atención al régimen soviético y principalmente a su líder José Stalin. Tenía presente la forma en que había accedido al poder, cómo había eliminado a sus rivales, y hasta la tremendas purgas que había hecho en las filas del partido comunista. Era consciente de la política internacional de la URSS con las otras potencias, y de cómo se habían desarrollado, disputándose territorios, influencias y recursos naturales. El mismo había sentido en carne propia la presión que ejerciera el régimen stalinista sobre la República Española. No se puede tachar a Orwell de paranoico por que temiera que algo así ocurriera con su país. Pero, cómo quien espera una tormenta, el leía signos en el aire. Un ejemplo por él citado es la diferencia de actitud que tuvieron los medios de comunicación con las hambrunas de los años treinta. Mostraban las de la India, y no las de Ucrania. El temía que se controlara la verdad, y en su novela 1984, como si se tratara de un moderno "Príncipe", explica cómo, un grupo puede mantenerse en el poder y no perderlo jamás. Este es el caso, en la ficción, del Partido, amo y señor de Oceanía, que junto con las otras dos grandes potencias, se reparten el Mundo. El Partido controla a la población mediante las "telepantallas", televisores que hay por doquier que no sólo emiten, sino que ven, como el "ojo blindado" que miraba mal a Luca Prodan. La guerra no terminó en 1945, sino que continúa, manteniendo la economía en estado de guerra y a la población aún bajo el racionamiento de alimentos. Winston Smith, trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su trabajo es completamente lo contrario al mantenimiento de la verdad. La borra y la reescribe. Si un general famoso cometiera un delito, se lo borraría de la Historia. Se buscarían los diarios en que aparecería su nombre y sería borrado. De los grandes libros como el Quijote, apenas se encuentran versiones reducidas hasta el extremo y los libros nuevos son escritos por máquinas. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que la gente común, apenas recuerda la vida antes del Partido, y si lo hace, sus recuerdos no concuerdan con la Historia oficial. "El que controla el pasado controla el futuro y el que controla el presente controla el pasado", reza un eslogan. Otro invento del Partido era la Neolengua. Orwell la describe como "el único idioma del mundo cuyo vocabulario disminuye cada año". Reduce la cantidad de alternativas disponibles para expresarse. Como le explicaba un hombre del Partido a Winston, las principales víctimas eran los verbos y los adjetivos, pero también los nombres. "Si tiene una palabra como "bueno", ¿qué necesidad hay de la contraria, "malo"? Nobueno sirve exactamente igual..." Si se quería decir excelente, espléndido, no había más que decir plusbueno o dobleplusbueno. Orwell, después de la guerra, se enteró de que Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, había hecho proyectos para implementar un neoalemán, muy semejante al de la ficción. "¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente?", le decía el funcionario a Winston. "Al final, acabaremos haciendo imposible todo crimen del pensamiento". Este crimen, o crimental, se solucionaba con otro artificio, el doblepensar. "Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente". Es, dice en la novela, "decir mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no convenga recordar". "En definitiva, gracias al doblepensar ha sido capaz el Partido -y seguirá siéndolo durante miles de años- de parar la Historia".


Las citas en las que habla Orwell han sido extraídas de George Orwell: Biografía, escrita por Michael Shelden y publicada por Emecé.








miércoles, 25 de febrero de 2009

¡Café, Café!



A que después de leer este modesto artículo sobre la historia del café, te vienen ganas de tomarte un cortadito. Por lo menos la próxima vez que te vayas a tomar un feca le vas a prestar más atención al aroma y si estás medio fisuradito, al pegue.

Salute.



Publicada el Viernes 20.02.2009 Montevideo, Uruguay

en El País Cultural



Una Historia del Café



La infusión de Satanás




Daniel Veloso



AMARGA INVENCIÓN de Satanás, vino negro o bebida vigorizante han sido algunos de los nombres que ha recibido el café, una infusión con propiedades estimulantes que se ha insertado en la vida cotidiana de las sociedades modernas. Stewart Lee Allen, viajero y periodista estadounidense, es autor del libro La taza del diablo en el que reconstruye el camino que llevó al café, desde el África oriental, pasando por el mundo musulmán hasta su introducción en Europa. Desde sus comienzos, el consumo de la bebida obtenida de las bayas del cafeto, estuvo relacionada con rituales religiosos o comunitarios. Lee Allen describe las oraciones que realizan los pueblos nómades de Etiopía antes de beberlo en que piden riqueza y protección y lo compara con el ritual de beber café cada mañana en Occidente. "¿A quién no le han ofrecido un café en una cita de negocios?" pregunta. El café es una bebida "que despierta y que pone a la persona alerta" dice, propiedades por las que fue adoptada por el mundo islámico, donde no se bebe alcohol. El autor del libro es una especie de americano impasible, como el personaje de Graham Greene. Es un tipo algo ingenuo, actúa como un turista norteamericano desprevenido en algún país pobre del tercer mundo. Siempre hay un simpático nativo que intenta embarcarlo en algún emocionante negocio. En Yemen tratarán de convencerlo para que ingrese a un inmigrante ilegal a Europa, y en Brasil, mientras presencia el ritual de una secta religiosa, intentarán drogarlo. Pero lo máximo será en la India, donde aceptará contrabandear arte mogol falsificado a Francia. Meses más tarde, al ir a buscar el envío al correo francés, no tendrá noticias de su paquete. Apenas perderá cuatro mil dólares. Pero este toque de candidez del autor no es superfluo y ayuda a la lectura del libro que mezcla un viaje a lo "mochilero", con una historia bastante fiel de la denostada bebida.



LA CABRA LOCA. El café fue descubierto por una cabra. Así por lo menos lo cuenta la leyenda etíope de Kaldi el pastor, que notó que su mejor cabra bailoteaba después de comer los frutos de un arbusto. El pastor probó las bayas e inmediatamente se puso a bailar con sus cabras. Un monje oyó el relato y también probó los frutos. Al caer la noche no pudo dormir, por lo que descubrió que si se los daba a sus fieles, estos no se dormían durante el sermón.







Lo cierto es que las tribus de la meseta etíope, donde crece la variedad de café conocida como arábiga, hacían una pasta con los granos mezclada con grasa para darles valor a sus guerreros. Algo así como tomar un café por la mañana antes de encarar el tránsito de la ciudad. El autor, que llegó a vivir en cuatro continentes y en diez ciudades, estaba a fines de los noventa trabajando en un hospital de la India al servicio de la Madre Teresa de Calcuta, cuando encontró en una feria un libro que comparaba las "violentas sociedades occidentales tomadoras de café con los bebedores de té y amantes de la paz de Oriente". Contrariado por la mala fama de su amado brebaje decidió recorrer el camino que llevó al café de África hasta América a lo largo de 20 mil kilómetros. Su hipótesis de trabajo se basa en una afirmación del historiador francés del siglo XIX Jules Michelet que dice que el nacimiento de la sociedad occidental "ilustrada" se debió a "la conversión de Europa en una sociedad bebedora de café". Lee Allen comienza su recorrido en Etiopía, en Harar, ciudad de la antigua Abisinia célebre por su café, por la visita del explorador Richard Burton y porque allí encontró refugio en 1871 Arthur Rimbaud, quien había abandonado la poesía por el comercio de café y de esclavos. El objetivo de Stewart es beber una forma primitiva del café llamado "kati", para el que sólo se usa las hojas de la planta. Para ello viaja a la frontera con Somalia a una zona devastada por la guerra. Cuando por fin consigue que una mujer le prepare un poco de kati, lo sorprende un soldado que alarmado le dice: "usted es un hombre blanco muy estúpido, esta es un área muy peligrosa", por lo que Stewart deberá irse sin beber su infusión.


INMIGRANTE ILEGAL. Aquellos nativos etíopes a menudo eran capturados por los esclavistas árabes, y llevados en caravana hasta las costas del Mar Rojo. Con ellos también fueron sus granos de café. En Djibouti, una ex colonia francesa, Stewart aborda una frágil embarcación llena de refugiados somalíes que huyen de la guerra hacia Yemen y a una cultura distinta. Una muchacha somalí le cuenta que cuando toque tierra, tendrá que usar velo. Al otro lado del mar está Al-Mucha, de la cual deriva la palabra Moka y en donde hacia el 1200 se comenzó la práctica de hacer la infusión con los granos de café al que los árabes llamarán "qahwa". Partiendo del antiguo puerto, Stewart toma un "taxi" abarrotado que lo lleva a Sana`a, la capital yemení. A los lados de la carretera ve muchachos que venden ramos de hojas. El chofer para y compra para él y los pasajeros. Todos menos el americano mastican hojas de qat, ricas en alcaloide, a la que llaman la "hermana mala". "Es lo peor que le ha pasado a Yemen", le dice un pasajero.





En Sana`a, una ciudad con edificios de adobe de siete pisos, prueba el café local, que "aunque es fuerte y claro, es más suave", además de tener una "delicada fragancia". También en el país se toma una bebida preparada con la cáscara del café llamada "quisher", que Stewart consideró "insípida". En un principio el café fue utilizado como un brebaje ritual por la secta mística de los sufíes que lo utilizaban para "alterar su conciencia". Pero el uso dado por los "hippies del Islam" como les llama, fue visto como una amenaza. En 1511 un jefe de policía de La Meca convocó una reunión de líderes religiosos para consultarlos sobre si el "qahwa" violaba las leyes del Islam. Señalada como bebida tóxica fue prohibida hasta que los turcos la rehabilitaron en 1600.






CABEZA DE TURCO. Luego de una breve visita a Konya en Turquía, para asistir a un festival de la secta sufí de los "derviches danzantes", bailarines con largas faldas blancas que giran hasta entrar en trance, viaja a Estambul. Esa ciudad tuvo la primera cafetería en 1475, y también tuvo al mayor enemigo del café, el Sultán Murat IV. Enterado de que en las cafeterías se criticaba a su reino, las prohibió además de castigar con la muerte a todo aquel que fuera sorprendido bebiendo café. Fue según Allen, "la primera acción prohibicionista de una sustancia alteradora de la mente realizada por motivos políticos". Arruinados, los comerciantes del grano tuvieron que buscar fortuna en Europa.






Otra historia cuenta que el ingreso a occidente fue a través de Viena, cuando los turcos, que sitiaban la ciudad en 1683, al ser vencidos, abandonaron sacos llenos de granos de café. Fue en Viena donde se empezó a filtrar el café, eliminando la costumbre turca de dejar sedimento en el fondo de la taza. También fue allí que se comenzó a agregarle leche, y por la espuma que coronaba la taza de café se le llamó capuchino, en referencia a la capucha del hábito de los monjes.Mientras en Oriente Medio estaba prohibido el alcohol, en Europa del norte sus habitantes complementaban su dieta con cerveza, consumiendo tres litros diarios por persona. Se intentó prohibir el alcohol sin éxito, hasta que se instaló la primera cafetería en Inglaterra en 1650. Stewart señala que no es casualidad que junto al advenimiento del café también se diera el control del parlamento inglés por los puritanos.El hecho es que pronto las dos mil cafeterías de Londres ayudaron a que se dejara el hábito de beber cerveza al mediodía.









A diferencia de las tabernas, en estos establecimientos la gente podía hablar y discutir de política y religión. Por ello el rey Carlos II los cerró, pero sólo durante once días. Los cafés tenían carteles donde se anunciaban reglas de convivencia novedosas: "...te sientas en el lugar que encuentras y si una persona importante llega, no necesitas levantarte y darle tu lugar". En la cafetería La Cabeza de Turco había una urna para que los parroquianos pudieran votar ciertos asuntos sin ser identificados por los espías del rey. Décadas más tarde el café sería plantado en Sudamérica y en Las Antillas donde, como en sus orígenes, estaría relacionado con el tráfico de esclavos. Durante doscientos años fueron llevados a trabajar a las plantaciones de Brasil tres millones de personas. Todos estos siglos acompañando la historia del hombre han hecho del café una de las mercancías más comercializadas en el mundo.






LA TAZA DEL DIABLO. El café, la fuerza impulsora de la historia, de Stewart Lee Allen. Océano, México, 2008. Distribuye Océano. 230 págs.



Copyright © EL PAIS S.A. 1918-2009




lunes, 9 de febrero de 2009

Las puertas de la percepción

Publicado en el País Cultural
el Viernes 25.01.2008
Montevideo, Uruguay





Biografía de Jim Morrison (1943-1971)




Las puertas de la percepción















DANIEL VELOSO



LAS BIOGRAFÍAS de personajes famosos o históricos siempre tienen algo de construcción colosal que no deja ver a la persona real de la que se extrae el relato de su vida. Muchas veces funciona como un decorado de una película sobre el viejo oeste, donde de las casas sólo existe la fachada. Las vidas de las celebridades se confeccionan en parte con los relatos de las personas que los conocieron, pero en realidad, sólo con aquellas que el biógrafo pudo encontrar. Quizá las personas que conocieron más de cerca al personaje estudiado no quieran hablar o hayan muerto. Por eso actualmente se exige mayor rigor a una biografía. Ya no es posible escribir las semblanzas de los grandes hombres de la Historia como haría el escritor austríaco Stefan Zweig. Su Erasmo de Rotterdam o su Magallanes eran más como se los imaginaba que como realmente fueron en vida. Zweig no disponía de los recursos y los medios que hoy posibilitan una investigación seria, que no se queda en el mero estudio bibliográfico. Jim Morrison fue muchas cosas y tuvo cambios de conducta a lo largo de sus 27 años de vida. Principalmente fue un niño, un adolescente y un joven, por lo que no se lo puede culpar demasiado por sus errores. Era buen estudiante, quería ser artista, poeta y cineasta y se quejó amargamente por haber "recibido poco cariño" durante su infancia, como dijera a su público durante un concierto. Vivió en una de las décadas más complicadas del siglo XX. Perteneció a la generación de posguerra, en la que los viejos modelos conservadores de la sociedad se oponían a las nuevas ideas que se esparcían por el mundo.



DE COSTA A COSTA. Stephen Davis es el biógrafo que emprendió la tarea de explicar y contar la vida de la súper estrella del rock de fines de los sesenta. Exhaustivo investigador, es reconocido por su biografía de los Rolling Stones, Los viejos dioses nunca mueren, y por la historia de Led Zepellin, Hammer of the Gods. En su libro sobre Jim Morrison, Davis lleva al lector a través de la loca vida del cantante, primero en la infancia, acompañando a una familia que migra de costa a costa de Estados Unidos, siguiendo a un padre ausente y autoritario. Luego el ritmo se acelera, al presentar un Morrison estudiante, indisciplinado y desconsiderado con sus compañeros de habitación, sin poner un solo centavo para la comida, usándoles la ropa y gastándose todo el dinero que le enviaban sus padres en libros. Más adelante Davis reconstruye los pasos de un Jim alucinado por el LSD a través del desierto, o describe las noches de luna en una azotea en la que vivió en Venice Beach. Más adelante narrará detalladamente el cambio de rumbo que toma su vida al convertirse en cantante de The Doors, enumerando cada recital, desde el que tuvo cinco asistentes hasta los desbordados por la reventa de entradas en grandes estadios cerrados. Para lograrlo emplea entrevistas originales a decenas de personas que lo conocieron. En el libro aparecen las voces de los músicos de los Doors: Ray Manzarek, Robby Krieger y John Densmore. Los dos primeros son más cordiales con la memoria de su ex compañero. En cambio Densmore, el baterista, expresa el resentimiento hacia un Morrison que no lo aceptó en el grupo y que intentó varias veces echarlo. Stephen Davis ha usado todo tipo de recursos para armar su libro. Los cuadernos personales de Jim, en los que escribía sus poemas y pensamientos, sus películas y grabaciones de poemas, documentos públicos, archivos escolares, expedientes judiciales y biografías anteriores, además de varias entrevistas de medios de la época. Por otro lado, como en una constelación en la que Jim Morrison es la estrella principal, va uniendo en el dibujo innumerables personajes. En el esqueleto estelar que Davis confecciona aparecen Andy Warhol con todo su séquito neoyorquino, donde Jim conocerá a la modelo alemana Nico, cantante de la Velvet Underground, con quien tendrá un tormentoso romance. Otras conexiones harán aparecer al poeta beatnik Allen Ginsberg, a Francis Ford Coppola y a un Iggy Pop de 18 años que tal vez tomó nota de cómo se comportaba un desenfrenado Morrison sobre el escenario. O la breve entrevista que tuvieron Mick Jagger y Jim Morrison en el motel donde vivía este último. El cantante de los Rolling Stones había ido a Los Ángeles a observar cómo los Doors hacían su show en un gran recinto con miles de enloquecidos fanáticos. Al final del libro, el relato deja de acompañar los tumbos y caídas que iba sufriendo el cantante para planear suavemente sobre sus últimos meses de vida. Aquí aparece el perfil detectivesco del biógrafo. Encuentra a los parisinos que compartieron sus últimas borracheras o que simplemente lo llevaron inconsciente en un taxi. La muerte de Morrison, acaecida el 3 de julio de 1971en París, es reconstruida minuciosamente. Davis ha conseguido testimonios de personas que cuentan el lamentable estado de salud del cantante. Afirma que el episodio de sobredosis en el baño de un local nocturno fue dos días antes de la muerte en su apartamento. Inexplicablemente Morrison sobrevivió a la primera sobredosis, pero no a la segunda. Con su muerte terminó una época en la historia del rock. Los setenta seguirían adelante, con su crisis energética y sus conflictos bélicos. En lo musical aparecerían nuevos géneros y nuevas estrellas de rock que estarían en gran medida en deuda con Jim Morrison.





EL REY LAGARTO. James Douglas Morrison nació en 1943 en Melbourne, Florida, Estados Unidos. Su padre, que llegó a ser almirante y comandó un portaviones que bombardeó Vietnam del Norte, tuvo un papel principal en el desarrollo de la personalidad de Jim. Su madre era una mujer sencilla, que siguió a su marido por todo el país yendo de una base militar a otra, ocasionando continuos desarraigos en sus hijos. Cada vez que Jim se adaptaba a un colegio y formaba un grupo de amigos tenía que separarse de ellos. Un aspecto oscuro en la vida de Morrison, según contó a sus amigos, fue que de niño abusaron sexualmente de él. Todo apuntaría a su padre, según un libro publicado en 1997 por una de sus novias. En 1955 la familia se mudó a Albuquerque, Nuevo México, donde Jim desarrollaría su afición por el desierto y por los reptiles. De esa época data la creación del "Rey Lagarto", especie de personalidad paralela de Jim y personaje central del poema de 1968 "La celebración del Lagarto". Una versión de este poema puede escucharse en el primer disco en vivo de The Doors, Absolutely Live, de 1970. En 1962, de regreso en la Florida, ya se mostraba como un chico inteligente y un voraz lector que deslumbraba a sus profesores. Dos años después, desobedeció a sus padres y se fue a estudiar cine a la Universidad de Los Ángeles, California. Uno de sus compañeros de clase era Francis Ford Coppola, quien en 1979 usó la canción de los Doors "The End" en su película Apocalipsis Now. Morrison era un estudiante entusiasta aunque no muy aplicado. El cortometraje que presentó en su examen final obtuvo el rechazo de los profesores pero la admiración de varios de sus compañeros. El resultado fue un original montaje de imágenes donde se mezclaban secuencias eróticas con tomas de manifestaciones nazis. La cinta se perdió pero se puede tener una idea del corto en la reconstrucción que hiciera Oliver Stone en su película The Doors, de 1991. Uno de sus compañeros de clase, Ray Manzarek, era músico y tocaba el órgano en una banda. Ray contaría que se encontró con Jim en la playa de Venice y que éste le contó que había escrito una canción. Ray le pidió que la cantara. Esa canción era "Moonlight Drive" y sería uno de los éxitos de The Doors, la banda que nació ese día de julio de 1965, en la playa.



ALUCINÓGENOS. El nombre The Doors proviene del libro Las puertas de la percepción (1954), del escritor inglés Aldous Huxley, que a su vez se inspiró en un poema del poeta romántico William Blake. Huxley, casi ciego, se había mudado a California, donde la brillante luz del desierto le permitía ver mejor. Allí participó de experimentos con mescalina, un alucinógeno extraído del peyote. Sus "viajes" están relatados en ese libro. Morrison lo leyó y al igual que sus idolatrados beatniks, los poetas de la generación anterior, se subió a la loca espiral del viaje por ácido lisérgico o LSD. Alucinógenos similares eran usados por los indígenas de la costa del Pacífico y por sus chamanes, encargados de contactarse con el mundo de los espíritus. El joven Morrison estudió sobre el tema e hizo varios viajes al desierto en busca de ese conocimiento chamánico. Ray Manzarek se referiría a Jim como poseedor de un "fuego interior que lo abrasaba" y que lo llevaba a tener una existencia inquieta y autodestructiva. Tomaba LSD todos los días además de alcohol hasta caer inconsciente. Para sus compañeros de los Doors, en ocasiones Morrison llegaba a ser insufrible, sobre todo para el baterista John Densmore. Sin embargo con el correr de las actuaciones el grupo se fue afirmando e incluso Jim, que tenía miedo escénico y que cantaba de espaldas al público, comenzó a animarse y a ser más atrevido. La forma en que Jim abordaba a su público no era casual. Había leído varios libros sobre Psicología de Masas y cuando era estudiante escribió un trabajo sobre la "neurosis sexual de las masas". Morrison sabía lo que quería la gente y cada noche se lo brindaba. En esas actuaciones nació el ícono sexual. A pesar de que los Doors sonaban extraños para la movida musical de Los Ángeles, los adolescentes hacían cola en la puerta del club Whisky a GO GO. Se había corrido el rumor de la desenfrenada actitud del vocalista y todos querían verlo. Una noche de concierto Jim no apareció. Estaba totalmente "volado" en un hotel. En pleno éxtasis de ácido sus compañeros lo llevaron al escenario y durante el tema "The End", en el que intercalaba siempre poemas y otras improvisaciones tuvo su famoso flash edípico. Cantó sobre un personaje que entraba al cuarto de sus padres y decía: "- ¿Padre?- . -¿Si, hijo?. -Quiero matarte. -¿Madre?, ¡quiero hacerte el amor!". El revuelo con los dueños del club fue mayúsculo, pero a la larga la actitud escénica de Morrison atrajo al sello discográfico Elektra. Un buen contrato llevó a los Doors por todo el país y los convirtió en la banda más popular de Estados Unidos de fines de los sesenta.





EL VUELO DE ÍCARO. Jim Morrison dejó el ácido pero cada vez bebía más. Insultaba y se peleaba con la gente y orinaba en público, como buscando que lo reprendieran. A pesar de que pasó borracho la mitad de esos años de gloria con los Doors, no hay que perder de vista al Morrison intelectual y erudito. El productor de Elektra, Paul Rotchild, contaba que Jim siempre andaba con un libro o escribiendo en un cuaderno. Muchos de sus amigos lo recordaban llevando un libro de poemas de Arthur Rimbaud. Mientras la banda salía de gira por el país, tocando hasta cinco días a la semana, su tema "Light my fire" llegaba al número uno de los más escuchados. Pronto los clubes nocturnos quedaron chicos y comenzaron a tocar en estadios deportivos convirtiéndose en uno de los grupos pioneros de los conciertos masivos. Después de lanzar su primer disco The Doors (1967), del que se cumplieron 40 años en 2007, la presión sobre Jim Morrison para que creara nuevos éxitos se hizo insoportable. Bebía mucho y su conducta era más autodestructiva. El contexto no ayudaba: 1968 fue un año terrible. La guerra de Vietnam, los asesinatos políticos de Martin Luther King y del senador Robert Kennedy o el "Mayo Francés" eran interpretados por el público estadounidense casi como señales del Apocalipsis. La policía reprimía con dureza a los manifestantes, generalmente jóvenes, lo que llevaba a aumentar el odio hacia ella y Jim compartía ese sentimiento.







En un recital de los Doors en New Haven, estaba con una chica haciendo de las suyas en el backstage cuando un policía los sorprendió y, sin reconocerlo como la estrella del show que estaba por comenzar, le lanzó gas irritante a los ojos. Jim salió gritando de dolor y completamente ciego. Cuando se recuperó, ya en el escenario, Jim contó al público lo que le había hecho aquel "hombrecito de azul". La policía furiosa lo arrestó y lo golpeó brutalmente. Sus compañeros contarían que en ese momento comprendieron que de ahí en más sólo vendrían problemas. Jim reaccionaría a la tensa situación política de Estados Unidos con "Unknow Soldier" (soldado desconocido), considerada la canción de protesta más iracunda de esos años y también la más eficaz. Pero el fin estaba a la vuelta de la esquina. El 1º de marzo de 1969, en un recital en Miami, un Jim ebrio y desacatado, se bajó los pantalones e insinuó enseñar sus genitales al público. Un periodista mal intencionado escribió en el Miami Herald que el cantante usó vocabulario soez y que incitó a la rebelión al público y hasta envió cartas a la Justicia preguntando si estaban enterados del hecho. Según Davis, la paranoica administración de Richard Nixon, que ya estaba acosando a John Lennon con el FBI, acusó a Morrison de obscenidad. Automáticamente la gira nacional que recién comenzaba fue suspendida. El larguísimo juicio que siguió terminó por apagar su poderoso fuego.





LA TUMBA DE PARÍS. Después de grabar el álbum L.A. Woman, uno de sus mejores trabajos y sobre el cual el grupo logró ejercer más autonomía creadora, terminó el contrato con el sello Elektra. Morrison por fin era libre y viajó con su novia Pamela Courson a París. Nadie lo decía, pero abandonaba a los Doors para dedicarse al cine y a la poesía. Luego de la muerte de Jimi Hendrix y de Janis Joplin en setiembre y octubre de 1970, sus amigos le rogaron que se cuidara. Las fotografías de ese verano parisino lo muestran más delgado y sin la gran barba que usó en California. Pero tras un par de semanas de mejoría en su ánimo Morrison volvió a beber y se hizo adicto a la heroína, como lo era desde hacía años su novia Pam. Su muerte se debió a una sobredosis de esta droga. Lo encontraron en la bañera de su habitación, aunque hay testigos que afirman que murió en un club nocturno y posteriormente su cuerpo fue llevado al hotel. El médico forense sospechó que la causa había sido una sobredosis aunque sólo se limitó a escribir en la partida de defunción: "ataque cardíaco". Pamela y los directivos de Elektra intentaron mantener en secreto el fallecimiento por un par de días, hasta que inevitablemente la noticia llegó a la prensa. Su tumba, ubicada en el cementerio parisino de Père-Lachaise, es un lugar de culto y uno de los puntos turísticos más visitados de París. El guitarrista de The Doors, Robby Krieger diría de Jim Morrison: "vivía al límite; vivía para su arte y en el proceso se perdió".



JIM MORRISON. Vida, muerte y leyenda, de Stephen Davis. Robinbook, Barcelona, 2005. 429 págs.




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